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 El Senado, bajo las peores sospechas 
Joaquín Morales Solá
LA NACION 28 de julio de 2010
.Dos senadores y dos diputados nacionales de la oposición denunciaron ayer por primera vez en público, ante centenares de asistentes a un debate en la Exposición Rural, un presunto sistema de compra de votos en la Cámara alta.
La senadora correntina Josefina Meabe lanzó la primera acusación de manera indirecta: "Voy a decirles la verdad. El Gobierno usa en el Senado un mecanismo que nosotros en la oposición no podemos solventar", disparó. "Es cierto. Nosotros en la oposición no sabemos ni cuántos somos porque los números cambian misteriosamente", subrayó Gerardo Morales, presidente del bloque radical.
Los diputados fueron más explícitos. "Cuando el Gobierno tiene dificultades, sale de shopping por el Senado", dijo Felipe Solá. ¿Quiere decir que compra senadores?, le preguntó después un periodista. "Usted quiere que me hagan una denuncia", ironizó Solá con mirada cómplice. Pero, ¿qué se hace en un shopping sino comprar?
El epílogo de la saga lo escribió Elisa Carrió: "El Gobierno compra senadores. Esa es la única verdad". Ninguno de los otros senadores y diputados presentes (Adolfo Rodríguez Saá, Oscar Aguad o Margarita Stolbizer, entre varios más) desmintió las serias acusaciones que estaban haciendo sus colegas.
Desde el viejo escándalo por los sobornos en el Senado, en el invierno del año 2000, nunca se habló con tanta claridad de un sistema de compra de votos en la Cámara alta. Luego del debate de ayer, la mayoría de los legisladores presentes coincidieron en que los modos actuales son varios: prebendas personales, favores políticos o promesas de obras públicas o de mayores recursos para las provincias. "Los viejos sobornos fueron un desayuno de monjas comparados con lo que pasa ahora", se sinceró uno de ellos.
Esas denuncias fueron la conclusión de un largo debate sobre las facultades delegadas por el Congreso al Poder Ejecutivo, que vencerán el próximo 24 de agosto. Entre esas facultades, figura la de establecer las retenciones, y el nivel de ellas, para las exportaciones agropecuarias.
Todos coincidieron en que tales facultades caerán a fines del mes próximo. Sucede que el rechazo de una sola de las dos cámaras parlamentarias le negaría al Poder Ejecutivo la prórroga de esas facultades. La oposición en la Cámara de Diputados está en condiciones de asegurar que no habrá una nueva prórroga.
Sin embargo, las cosas no están tan claras cuando se trata de establecer qué régimen sucederá al actual en materia de retenciones agropecuarias.
El peronismo disidente y parte del radicalismo proponen un sistema de nivel cero para casi todos los productos agropecuarios, salvo para la soja. Para este caso, están de acuerdo en bajar el nivel actual de las retenciones, aunque deberían ser segmentadas hacia abajo, con porcentajes menores, para beneficiar a los pequeños y medianos productores.
Carrió coincidió con el nivel cero de retenciones para la mayoría de los productos agropecuarios, pero se manifestó contraria al sistema de segmentación, porque, dijo, se prestará a manejos corruptos en el Estado en el momento de instrumentar una decisión tan compleja. Propuso, en cambio, que los pequeños y medianos productores reciban créditos blandos.
Otra parte del radicalismo, liderada por Aguad, está más cerca de Carrió. "La segmentación es muy complicada para hacerla desde la oposición. Nosotros no gobernamos ni cogobernamos", dijo el jefe de los diputados radicales.
Felipe Solá contestó que, según el criterio de Carrió, cualquier decisión del Estado puede ser motivo de acciones corruptas. "¿Por qué no también los créditos blandos?", inquirió. El presidente del bloque del peronismo disidente se manifestó de acuerdo con la segmentación por una razón de elemental justicia. Lo cierto es que, otra vez, la posibilidad de la corrupción se coló en un debate sobre posiciones políticas e ideas sobre la financiación del Estado.
A pesar de todo, hubo un momento en el que todos se inclinaron hacia el acuerdo opositor. "Haremos concesiones con tal de llegar a un acuerdo, inclusive en el asunto de la segmentación", adelantó Carrió. Stolbizer pidió que nadie se sienta dueño de la verdad para poder acordar y el macrista Federico Pinedo fue más rotundo: "Nuestro proyecto es el acuerdo de la oposición en sí mismo. No vamos con ideas preconcebidas", adelantó.
En ese instante se filtró el asunto de los presuntos sobornos en el Senado. ¿Qué sucedería cuando la oposición tuviera un proyecto claro sobre las retenciones agropecuarias, después de tantas invocaciones acuerdistas?
Fue analizada primero la posibilidad del veto presidencial a un nuevo régimen de retenciones. "Hay que hacer un proyecto que no esté destinado a ser vetado. Las conquistas morales no sirven para nada", explicó Felipe Solá. La segunda posibilidad examinada de frustración fue la votación final en el Senado. La historia de ese análisis comenzó con la tímida y valiente alusión de Meabe y terminó con la denuncia clara y corta de Carrió.
La conclusión es evidente: el Congreso recuperará las facultades para establecer los impuestos, incluidas las retenciones agropecuarias, pero nadie sabe todavía qué sistema lo reemplazará. Incluso, antes del debate de ayer, el presidente de la Sociedad Rural, Hugo Luis Biolcati, anunció que la Comisión de Enlace se había puesto de acuerdo sobre el futuro de las retenciones, luego de sus disidencias públicas con el titular de la Federación Agraria Argentina (FAA), Eduardo Buzzi. El proyecto de las organizaciones agropecuarias terminó siendo más parecido al de Felipe Solá que al de Carrió.
Era evidente, al final, el desánimo entre los centenares de productores que asistieron al debate. El Senado se erigió ante ellos como un serio obstáculo institucional. Y no lo es por la entendible aritmética parlamentaria, sino por los manejos en las sombras, por las ausencias inexplicables o por los misteriosos cambios políticos en el momento agónico de cualquier votación.
 
 El caso Macri aceleró el ritmo electoral
Por Joaquín Morales Solá  Domingo 25 de julio de 2010
.
Seguro y persistente, Néstor Kirchner nunca entendió los errores como una lección. Retoza sobre el revés judicial de Mauricio Macri y lo único que consiguió hasta ahora es un brusco adelantamiento del proceso electoral y la construcción de un líder en condiciones de relevarlo. ¿Ese desvarío estratégico tiene algún antecedente histórico, igual o parecido? Sí. Es el que refiere al caso de Francisco de Narváez en la provincia de Buenos Aires en las elecciones del año pasado. También perseguido por la Justicia y por Kirchner, De Narváez se convirtió en el primer político que luego le ganó una elección a Kirchner ya en el poder.
Distintas mediciones de opinión pública coinciden en dos conclusiones. Una de ellas es el lento y constante crecimiento de la imagen positiva del gobierno kirchnerista, que ronda ahora los 36 puntos cuando en enero último apenas llegaba al 20 por ciento. La otra conclusión constata los réditos políticos que le proporcionó a Macri su refriega con el Gobierno por el procesamiento judicial. Macri está ahora en torno del 60 por ciento de imagen positiva, según esas encuestas. Kirchner está promoviendo lo que siempre temió que ocurriera por otros medios: una tensa polarización entre Macri y él mismo.
Una rápida aceleración del proceso electoral es inevitable. Kirchner se vistió de inmediato con el uniforme de campaña electoral, que es el atavío que más le gusta en su vida de político. Corre dos riesgos. El primero consiste en que la sociedad comience a entrever un final probable y próximo del kirchnerismo; Kirchner jugó siempre con la imagen de la propia eternidad en el inconsciente colectivo. El segundo riesgo podría ser más peligroso: sucedería si no lograra depurar ágilmente la candidatura presidencial del kirchnerismo. ¿Será Néstor Kirchner o su esposa el candidato presidencial del oficialismo?
La evolución de Macri en las encuestas, que puede ser definitiva o temporaria, según el progreso de su encrucijada judicial y política, atizará también el fuego de las definiciones en el peronismo disidente y en los no peronistas. Nadie le seguirá donando el precioso tiempo político al jefe del gobierno porteño. El peronismo antikirchnerista está desorientado. Macri no es un peronista, pero es lo más parecido que hay a un peronista entre los no peronistas.
No importan mucho las palabras de Eduardo Duhalde, que ratificó su candidatura por fuera del pejotismo oficial, porque al ex presidente sólo lo impacienta la prioridad de terminar con Kirchner. Bien valdría entonces un eventual acuerdo con Macri. No llegó esa hora todavía, porque los peronistas se divierten ahora con las pruebas genéticas de peronismo que les hacen a los posibles aliados. Macri no es peronista, dicen, pero hablan con Macri.
De Narváez mostrará las cartas cuando sus diputados deban votar en la Legislatura la aprobación del trámite del juicio político pedido por Macri. Aquel tiene tres diputados clave. Macri está en condiciones de salir absuelto de ese juicio político, porque sus opositores no tienen los dos tercios necesarios para destituirlo. Pero el líder capitalino no cuenta con la mayoría simple del cuerpo para poner en marcha el proceso de juicio político. El macrismo está sumando de a uno, o de a dos, para llegar a los siete votos que necesita en el cuerpo parlamentario. No está seguro de contar con esa mayoría. Macri se duerme mientras los suyos cuentan los votos; esas tareas de la política lo aburren sin remedio.
La interna entre Julio Cobos y Ricardo Alfonsín es ya un incendio en el radicalismo. Lo es más desde que advirtieron que Macri está cosechando de su propia adversidad. Por primera vez, Cobos coincidió con Elisa Carrió en impugnar a Alfonsín, el radical con mejor imagen positiva en todas las encuestas. ¿Su culpa? Quizá no haya sido el efímero encuentro con Cristina Kirchner, sino algunas caricias deslizadas a los ministros Florencio Randazzo y Julio De Vido. Las fotos son implacables. Kirchner se metió en la interna radical, bramó Oscar Aguad, jefe del bloque de diputados nacionales del radicalismo.
Carrió tiene fama de precisa francotiradora. Sus palabras como balas se incrustaron en Macri y en Alfonsín en un mismo día. Cobos ya tendrá las suyas. Carrió golpeó contra Franco Macri, el desatinado padre de Mauricio, por presuntos hechos de corrupción. ¿Es a favor o en contra de Mauricio Macri? Yo hago lo que el hijo no puede o no quiere hacer, dijo Carrió, misteriosa, pero el hijo es también su competidor nacional y en la propia Capital.
Macri dejó a un lado a su padre y se enfrascó en lo que le da mejores resultados: desafiar a Kirchner. Oyarbide, el juez con el rótulo más kirchnerista que existe, lo procesó. Una Cámara Federal con algunos miembros también kirchneristas confirmó el procesamiento. El macrismo asegura que algunas grabaciones telefónicas circularon entre jueces remisos a mantener el procesamiento de Macri. No son conversaciones graves, pero podrían servir para exponerlos en un planteo de prejuzgamiento. La SIDE estuvo detrás de todo, subrayan. Peronistas que trabajan o trabajaron con el kirchnerismo les confirmaron la información: Es la SIDE, aseguraron.
Macri hasta pensó en recurrir a la Corte Interamericana de Derechos Humanos para declararse un perseguido político. Descartó la idea, por ahora. El líder porteño padeció un déficit y una sorpresa de novato. Se dio cuenta tarde de que no atendió personalmente ni a sus recientes aliados políticos, De Narváez y Felipe Solá. Estos le respondieron con la indiferencia y la distancia. Sólo Duhalde y el radical Aguad entendieron en el acto que Macri no es sólo Macri.
El precedente de su caso puede ser letal para la democracia argentina si fueran ciertas todas las aseveraciones del líder de la centroderecha argentina. La sorpresa de novato fue descubrir que la política es ingrata, mezquina y utilitaria. ¿Acaso esperaba otra cosa? Saldremos sólo hacia adelante. No daremos ni un paso atrás, afirmó Macri y volvió a precipitar el ritmo electoral.
La Presidenta le dio otro empujón al prematuro clima de elecciones cuando hizo una broma con su eventual candidatura a la reelección en lugar de su esposo. Los presidentes no hacen bromas cuando hablan de política; sólo deslizan mensajes o exponen el inconsciente. Cristina Kirchner tiene derecho a pelear para que su nombre, al menos, no desaparezca. En todas aquellas encuestas, ella siempre tiene 3 o 4 puntos más que su esposo en imagen positiva. Néstor Kirchner exhibe siempre, para peor, 3 o 4 puntos más que ella en imagen negativa. En ambos casos, el rechazo sigue siendo alto.
Kirchner ha confirmado en los últimos días ante interlocutores privados que el próximo candidato será él. Cristina está mejorando. ¿Por qué no pensamos en ella?, le sugirió un buen amigo que creyó que estaba aportando una idea. Kirchner lo miró feo y le contestó con una frase seca y definitiva: El próximo turno será mío. Ese objetivo es el centro de su vida, noche y día. Revuelve el ajedrez peronista, habla con gobernadores, con intendentes y con punteros peronistas de poca calidad. Ordena detener la carrera de Macri y lo desestabiliza a Cobos. Ya les tocará a los otros.
Es razonable que Cristina anuncie que ella también piensa en un destino. Es la jefa del Estado. De la ex SIDE y de la Policía Federal, por lo tanto. Pero Macri lo acusa sólo a Kirchner; nunca habló de la Presidenta, ni siquiera para hablar mal de ella.
Macri sólo imagina ya su candidatura presidencial. Kirchner, también. El líder porteño debe salir bien del embrollo judicial en el que está. De otro modo, lo aguarda el adiós a la política. Kirchner tendrá que reconciliarse con amplios sectores sociales que aspiran, ansiosos, a un cambio más profundo que el simple arribo de otro Kirchner.

Una dramática decisión
Joaquín Morales Solá  LA NACION Jueves 22 de julio de 2010
Con las últimas encuestas en la mano, Mauricio Macri decidió ayer jugar a suerte o verdad. Ahora sólo lo aguardan el sepulcro político o, eventualmente, la presidencia de la Nación. Su apuesta, que consistió en el pedido de su propio juicio político, es la de un hombre decidido a esquivar los charcos de su laberinto y a no reclamar más favores a otros partidos.
La Justicia lo había condenado de hecho a estar durante muchos meses en el corredor de la muerte, meses clave para su proyecto de suceder a Cristina Kirchner en diciembre del próximo año. La oposición, a su vez, le reclamaba una comisión investigadora en la Legislatura porteña, pero Macri presintió que ese trámite terminaría, tarde o temprano, en un inevitable juicio político. Decidió empezar por el final. Quizás haya que conocer una reflexión profunda del líder cuestionado para explicar su impetuosa decisión de ayer. Macri cree que no vale la pena seguir insistiendo en ser jefe del gobierno capitalino, ante su posible candidatura a la reelección en 2011, porque siempre estará sometido a los vaivenes, las conspiraciones y los férreos límites del poder central. Su conclusión, a la que llegó en los últimos meses, es que su futuro deberá encogerse a sólo una opción: el poder nacional o el regreso a casa.
Mediciones telefónicas de opinión pública, que cubrieron 1200 casos en la Capital y el conurbano, le indicaron anteayer que su imagen positiva había saltado cinco puntos desde la decisión de la Cámara Federal, que ratificó el procesamiento del juez Oyarbide. Según esos datos, Macri cuenta con una imagen positiva del 60 por ciento de los consultados y, lo que es más importante, un porcentaje igual cree que Néstor Kirchner está detrás de las desventuras judiciales del jefe de la centroderecha. Se trata de mediciones semanales que el macrismo hace desde febrero pasado.
Basta, entonces. A cara o ceca. El riesgo de Macri no es menor, si bien tampoco es enorme, según los números con que cuenta ahora en la Legislatura. La destitución del jefe de gobierno requiere los dos tercios de los votos de los legisladores, y ninguna aritmética opositora está en condiciones, ahora, de llegar a esa cifra de 40 votos. El reglamento indica que el juicio político deberá realizarse en 60 días hábiles a partir de su puesta en marcha. Una comisión de 13 legisladores se hará cargo de la instrucción del sumario. La decisión final del plenario del cuerpo llegará sobre fines de noviembre o principios de diciembre.
El problema de Macri es que estará en el banquillo de los acusados lo que resta del año. Algunos dirigentes macristas temen, por su parte, que el proceso depare ciertas mutaciones entre los legisladores propios. ¿Qué sucedería si algunos de ellos modificaran su voto de aquí a fin de año? ¿No significaría demasiada exposición como potencial reo si, encima, la justicia común convocara a un juicio oral y público sobre marzo o abril del próximo año? ¿Le quedaría resto para ser candidato a presidente?
La conclusión personal de Macri fue, evidentemente, que esos riesgos son mejores que una agonía lenta, silente, irremediable. Prefirió hacer lo contrario de lo que expuso la experiencia de Aníbal Ibarra, que gambeteó el juicio político hasta que éste llegó de manera inexorable. Pero el entonces jefe de gobierno estaba ya tan débil y desgastado que la destitución fue un final perfectamente predecible. Ibarra no pudo concluir su mandato por las bengalas de fuego que mataron a decenas de personas en una discoteca privada.
El juicio político no impedirá la continuación del juicio contra Macri en el fuero federal. Pero una absolución política podría habilitarlo, supone, para ser candidato a presidente aun cuando siguiera procesado por la justicia común. De otra manera, la próxima campaña presidencial se convertiría en un regodeo permanente sobre el procesamiento de uno de los candidatos.
Macri no se siente en una pelea con la Justicia. Su contrincante es Kirchner, a quien considera, aun cuando está solo frente a un espejo, el arquitecto de su desgracia judicial. Por eso, tomó prestadas las armas de su enemigo. Dobló la apuesta. Esa es la verdad. Kirchner le enseñó a salir de los laberintos luciendo aires de bravucón de barrio. ¿No es eso lo que Macri hizo ayer?
Kirchner lo acorraló en la Justicia, asegura Macri. Pero ¿quién lo frenaría a Macri en su carrera hacia la presidencia si saliera airoso de este trance? Nadie, deduce el propio jefe de la Capital. Puesto en el brete de ser sospechado y sospechoso, Macri prefiere quedar ante numerosos sectores sociales como un perseguido por el kirchnerismo, que cobrará sus dividendos políticos cuando haya concluido el kirchnerismo.
Es cierto que la dramática decisión de Macri puede mostrar también signos de su inocencia. ¿Por qué se sometería a un juicio lleno de adversarios si escondiera cadáveres en el desván? Es igualmente cierto, sin embargo, que está jugando con la institucionalidad de la Capital. Actuó como candidato más que como jefe de gobierno. Las instituciones capitalinas fluctuarán, frágiles, durante varios meses. Su gobierno no tiene, además, el reaseguro de un vicejefe, porque la persona elegida para ese cargo, Gabriela Michetti, renunció para ser diputada nacional. Esa debilidad institucional motivó ayer una conmovedora conversación de última hora entre Elisa Carrió y el jefe de los diputados nacionales macristas, Federico Pinedo. Ninguno de los dos pudo aportar nada a una decisión que ya estaba tomada. Macri pertenece a una generación que se olvidó del manual de la política que obliga a cultivar las relaciones personales. Sus cultores son efectistas y buscan los resultados más rápidos por los caminos más cortos. El método sirve en los buenos tiempos, pero muestra su insolvencia en la mala hora. ¿No es ésa una explicación posible para la patética soledad política que rodeó a Macri en los últimos días? Ni sus presuntos amigos ni sus previsibles enemigos jugaron nada a favor de Macri. El ejemplo del líder de la Capital debería servir para que muchos revean ese estilo tan lejano de la vieja y clásica práctica política. El juicio político podría resolver en parte, al menos, el problema de Macri. La Argentina tiene otro problema más extendido y más grave: el sistema de escuchas telefónicas que convierte en víctima a cualquier ciudadano público. Esa es, más allá o más acá de Macri, la matriz permanente de un serio conflicto nacional.

Un laberinto sin salida rápida
Joaquín Morales Solá
LA NACION Miércoles 21 de julio de Mauricio Macri aprendió en las últimas horas cómo son las asperezas de la política. Le costó. Hasta hace poco, creía que la confirmación de su procesamiento por parte de la Cámara Federal, que la presentía, sería un trámite más en una causa enrevesada y confusa. Se olvidó, en todo caso, de quién es. Macri es el jefe político de uno de los cuatro distritos electorales más importantes del país y el líder más claro de la centroderecha argentina.
¿Acaso Kirchner observaría con indiferencia el calvario que le toca a ese enemigo declarado? ¿Los peronistas disidentes lamentarían con sinceridad la desgracia de un serio competidor por la candidatura de ese espacio político? ¿Los no peronistas se comportarían como seres flemáticos ante el grave traspié de uno de los presidenciables más taquilleros para las elecciones del año próximo? Nada de eso sucedió, ciertamente.
 
Atrapado en los rincones y en los tiempos infinitos de la Justicia, Macri proclama su inocencia sin muchas más salidas que la insistencia en esa retórica. Un viejo espía, Ciro James, intervenía teléfonos privados cobrando su salario en las oficinas del gobierno capitalino. Ese es el nudo central de la cuestión.
Las pruebas que vinculan a Macri con James y con una asociación ilícita son casi nulas, pero los hilos sueltos que existen sirven para un procesamiento. Esos hilos descosidos no podrían ser nunca los argumentos de una condena, pero el momento judicial de la condena o la absolución parece pertenecer, por ahora, a la eternidad. ¿Puede un político procesado continuar una carrera presidencial como si nada pasara? Difícil, eventualmente imposible.
El error de Macri existió, por acción o por omisión. La participación de Néstor Kirchner en el asunto es una deducción inevitable. En los tiempos que corren, sería una excepción monumental que el hombre fuerte del poder desconociera acciones que ocuparon a la ex SIDE y a la Policía Federal. James fue empleado de la Policía durante mucho más tiempo que el que estuvo a sueldo de Macri. La ex SIDE le proporcionó a la Justicia la posibilidad de investigar al jefe de gobierno.
La pregunta sin respuesta sigue siendo por qué, a pesar de todo, Macri se dejó embaucar de esa manera, aun cuando haya estado detrás de la creación de una estructura de inteligencia porteña. Lo podría haber hecho, si de ser cínicos se trata, sin caer en la telaraña del espionaje kirchnerista.
Sólo el peronista disidente Eduardo Amadeo salió a defender sin condiciones a Macri. Eduardo Duhalde busca sendas reflexivas más contenidas. Felipe Solá dice que no le consta nada: ni la presencia de Kirchner en el escándalo ni la culpabilidad de Macri ni la inocencia de éste. Nada. Duhalde y Solá están con un oído puesto en las franjas peronistas que miran en Macri a una expresión demasiado inclinada hacia la derecha, nacido en una cuna con más algodones que los que toleran los orígenes del peronismo.
Ninguno se equivoca. Macri será el candidato presidencial del peronismo o no lo será. Pero sólo lo será si el peronismo disidente viera en él a la única y solitaria carta para tumbar a Kirchner en la primavera del próximo año. El actual revés de Macri beneficia, objetivamente, a Duhalde más que a Solá, aunque los dos podrían llevar agua para sus molinos. Macri entendió siempre que su único competidor serio en el peronismo es Carlos Reutemann, aunque Reutemann sigue insistiendo en su negativa a cualquier postulación presidencial. Reutemann no está, pero Macri no carece de competidores.
El peronismo disidente puede hacer poco y nada en la encerrona capitalina de Macri. No tiene legisladores. Los legisladores peronistas de la Capital son kirchneristas, casi todos. Ahí pesa más la decisión del partido de Elisa Carrió o del radicalismo. Carrió y los radicales no quieren mirar para otro lado. Un segundo procesamiento es una carga muy pesada como para pasar inadvertida. Radicales y Carrió optaron por una investigación legislativa (sin escándalos, dijeron), a la espera de la siguiente instancia de la Justicia. La Legislatura postergó ayer esa decisión.
 
En el Congreso
Pero también imaginaron una estrategia para no dejar sólo a Macri con el mote de oyente de teléfonos ajenos. Pedirán que la comisión bicameral de seguimiento de los servicios de inteligencia nacionales, que responden a Kirchner, investigue a quiénes se les intervienen los teléfonos en el país y por qué. "Este es el momento de meternos en ese mundo que todos suponen y del que nadie sabe nada. Es ahora o nunca", se entusiasmó un líder opositor del Congreso nacional. La oposición, incluido sobre todo el macrismo, está de acuerdo. Ya era hora, con Macri o sin Macri, de que los legisladores dejaran sólo de denunciar un sistema de inteligencia que se mete en la vida de todas las personas públicas del país. Debieron hacer más hace mucho tiempo.
A Macri lo aguarda un largo insomnio. El juicio oral y público que reclamó lo podría tener sólo dentro de dos años. Todos los tribunales orales del fuero federal están ocupados en causas por delitos de lesa humanidad. El calendario de ese juicio está, además, en manos del juez Oyarbide, que, vale la pena señalarlo, ya comenzó los trámites de su jubilación, que se haría efectiva a mediados del año próximo, antes de que cambie el gobierno nacional, tal vez después de arruinarle la carrera presidencial a Macri. El juicio oral y público fue una buena decisión de marketing del macrismo, sin posibilidad de concretarse a tiempo en los hechos.
La Cámara de Casación podría observar cuestiones parciales del expediente del caso Macri, pero es muy probable que no revise el procesamiento. Ese tribunal acepta apelaciones por sentencias y casi nunca por procesamientos. El laberinto de Macri no tiene puertas rápidas en la Justicia. Cómoda, fingidamente entristecida, la política dice ahora que sólo le cabe esperar los interminables tiempos de los jueces.
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El conflicto con el campo / En el segundo aniversario del fracaso de la 125
Cómo viven hoy los productores que hace dos años cortaban rutas
Tienen más participación política que antes, pero la situación económica no mejoró
Domingo 18 de julio de 2010
Mercedes Colombres
OLAVARRIA.- El 17 de julio de 2008, el campo logró lo que hoy se considera su victoria más grande: la caída de las retenciones móviles, que dio fin a 130 días de cortes de rutas y protestas. Dos años después, tras una dura sequía, la derrota del kirchnerismo en las elecciones legislativas de 2009, la llegada de los agrodiputados al Congreso y la creación del Ministerio de Agricultura, el campo tiene cuentas pendientes. Pese al triunfo de 2008, aún no se resolvieron la mayoría de los reclamos del sector y la Comisión de Enlace parece diluida por sus diferencias internas.
Hace dos años, en plena batalla contra las retenciones móviles, LA NACION recorrió los cortes de rutas de Olavarría, General Lamadrid y Laprida, en el centro de la provincia de Buenos Aires, invadidos por productores que se sentían capaces de derrotar al kirchnerismo.
Dos años después, esos productores parecen más cansados, pero son más conscientes de sus propios límites, los de la oposición y los del Gobierno. Las soluciones políticas no llegaron; el clima y la economía no acompañaron y, si bien algunas actividades tuvieron repuntes, muchos quedaron afuera del sistema. Lo recuperado en el ciclo agrícola que termina pagará las deudas que la sequía y la plaga de la tucura dejaron en 2009.
"Económicamente estamos peor. En trigo, por ejemplo, cayó la superficie sembrada y hay una intención de siembra baja porque queda cereal sin vender del ciclo pasado", dijo Fernando Luis, un ex autoconvocado que desde marzo de 2010 preside la Sociedad Rural de Olavarría. "La incertidumbre política y la circunstancia de que venimos de dos años malos generan prudencia a la hora de invertir", dijo Norma Urruty, ex presidenta de la entidad.
Según los entrevistados, si bien el conflicto no logró un cambio de actitud del Gobierno hacia el agro, gracias a él se ganó un lugar en la opinión pública. "Conseguimos un posicionamiento que nunca tuvimos", dijo Julio Bucciarelli, productor ganadero, habitué del piquete de Olavarría con su hijo Martín, de 15 años. "En 2008, la gente entendió cuánto significa el sector", dijo Carlos Scoltore, productor de Colonia Artalejo. Otro de los puntos que destacan es cómo el conflicto empujó a todos a participar. "Antes éramos muy individualistas", dijo Mario Conlon, productor de Laprida.
El derrotero de los entrevistados muestra este cambio. Luis, Scoltore y Aníbal Gasteneguy pasaron de ser autoconvocados a directivos de sus sociedades rurales. Otros que tuvieron alta exposición en el conflicto, como Mario Alberdi, Hernán Saavedra y Guillermo Gómez Alberdi, (directivos de las rurales de Laprida y Lamadrid) y Alejandro Lecointre (ex legislador radical y productor), desgastados por la lucha de 2008, hoy cultivan un perfil bajo, pero mantienen el vínculo con el gremialismo. Y están quienes prefieren la independencia de ser autoconvocados, como Bucciarelli. Todos participan, de alguna manera. "Antes de la 125, íbamos diez personas a la Sociedad Rural. Hoy, la mesa de reuniones no alcanza", dijo Gasteneguy.
Los jóvenes no se quedaron fuera del cambio. Durante el conflicto, Martín Bucciarelli tomaba el colectivo a la salida del colegio para ir al piquete con su papá. "Vine por curiosidad y después me enganché", contó.
 
El balance
Para los productores, otra de las herencias positivas del paro fue la Comisión de Enlace. "Fue algo que siempre anhelamos", dijo Gómez Alberdi, acompañado por su hijo Bautista, hoy de tres años, que, siendo un bebe de un año, participaba de los cortes de rutas.
"A la Comisión de Enlace hay que darle una estructura que garantice su continuidad", dijeron Luis y Gasteneguy. "La Mesa de Enlace necesita ser renovada, como toda institución que después de un tiempo se desgasta", dijo Alberdi, que dejó la dirección de la Rural de Laprida "para dejar lugar a los jóvenes".
Hay también hay un reconocimiento de la figura del entrerriano Alfredo De Angeli. "El nos ayudó a quitarnos la imagen de oligarcas con la que veníamos cargando desde hacía tiempo", dijo Saavedra.
A la hora de la autocrítica, se advierte que el fervor de 2008 dejó paso a una actitud más reflexiva. "Cuando se tocaron los intereses fuertes, como el de la soja, saltó todo el mundo, pero antes nadie se quejó", admitió Lecointre. "Acá tuvimos una terrible sequía, y el Estado no nos perdona ni un peso. Pero lamentablemente, si nosotros no nos movemos, la Mesa de Enlace no reacciona", dijo José Juarros, presidente de la Rural de Lamadrid. "Tenemos que hacer autocrítica, porque en los lugares adonde se hicieron piquetes, Cristina Kirchner ganó en el 2007", apuntó Alberdi.
Respecto de los cortes de rutas, afirman que no lo volverían a hacer. "Se tomaron actitudes críticas para el bien común, pero fue necesario para hacernos oír", coincidieron.
Cuando cae la tarde, cada uno vuelve a lo suyo, que no será, como hace dos años, hacer el turno nocturno en la carpa o conseguir un televisor para escuchar el discurso de la Presidenta. Cada uno volverá a esperar que, gracias al Congreso o por insistir, el agro logre alguna de las cosas por las que fue a la ruta en frías tardes de invierno de 2008.

Tiempo de cosecha para los Kirchner
Joaquín Morales Solá Domingo 18 de julio de 2010
Vacila el futuro político de Mauricio Macri. Tres jueces que no cargan con el desprestigio público de Oyarbide coincidieron en que existen elementos suficientes como para procesar al jefe del gobierno capitalino por el delito de asociación ilícita. ¿La sentencia está bien fundada? ¿Hay intereses políticos detrás de esa resolución? Ninguna respuesta podría ser honesta si fuera categórica. Los indicios son contradictorios, como son distintas las miradas de juristas y de políticos opositores. Personas irreprochables reconocen solvencia en la decisión de esos jueces; otras, tan impecables como aquellas, están seguras de que prevaleció una conspiración de Néstor Kirchner.
Kirchner tiene un antiguo temor con nombre y apellido. Es Macri. Su visión demasiada ideológica de la vida y de la política le advirtió siempre que la sociedad argentina podría polarizarse en algún momento entre él mismo, como una expresión de centroizquierda, y Macri, como represente de la centroderecha. Por eso, lo maniató como jefe del gobierno y le escamoteó todos los recursos posibles. Hasta la resolución de Oyarbide, y sobre todo después de esta, la popularidad nacional de Macri resistió aquellos embates. Ahora se inició otra etapa en su carrera política.
Más allá o más acá de las encuestas, el líder porteño les debe una explicación a la política y a la sociedad. El camino obvio de culpar a Kirchner es previsible, pero insuficiente. Si hay algo que los políticos deben esperar siempre es el uso y abuso que sus adversarios harán de sus errores. ¿Macri cometió errores? Hay uno, al menos, que es evidente: la designación como primer jefe de la Policía Metropolitana de un comisario retirado, Jorge Palacios, que venía con la carga de todos los defectos y las luchas internas de la Policía Federal. ¿Hay más errores? ¿Le puso condiciones a Palacios? ¿Controló la gestión de su viejo amigo?
Macri deberá enfrentarse, seguramente, con una comisión investigadora en la Legislatura. Elisa Carrió y el radicalismo, que controlan parte importante de ese cuerpo, adelantaron ya que no podrán ignorar la nueva situación del jefe del gobierno. Carrió dijo que actuará con "seriedad y responsabilidad institucional". Ella tiene una muy buena relación personal con el jefe del bloque macrista de la Cámara de Diputados, Federico Pinedo, a quien le informará con anticipación de cualquier decisión de su partido.
La deshora de Macri tiene consecuencias en la política nacional. Los cuatro líderes más importantes de la Cámara de Diputados (el radical Oscar Aguad, el peronista disidente Felipe Solá, Carrió y el propio Pinedo) han enhebrado una relación en la que mezclan la sinceridad con la voluntad de acordar. Disienten a veces, pero nunca dejan de hablar como buenos amigos.
Las estrategias de Carrió y del radicalismo (adelantada por la diputada Silvana Giudici) se parecen mucho: crear una comisión investigadora en la Legislatura para darle tiempo a la Cámara de Casación, que deberá resolver en los próximos dos o tres meses la nueva apelación de Macri. Ninguno se plantea ahora separar a Macri de sus funciones, pero todos estiman que esa decisión sería inexorable si Casación confirmara en tercera instancia el procesamiento del jefe porteño. El destino de Macri vacila en los despachos judiciales de la Cámara de Casación.
Macri es el primer gobernante procesado por el presunto delito de intervención de teléfonos. La Justicia le cayó justo a uno que no tenía en su listado, personal al menos, a políticos opositores ni a sindicalistas ni a periodistas. El espionaje de Kirchner les interviene los teléfonos hasta a los legisladores amigos y a todo el universo no kirchnerista, incluidos empresarios, sindicalistas y periodistas. Esta denuncia se ha hecho ya muchas veces y ningún fiscal actuó nunca de oficio.
La ausencia de la privacidad en las conversaciones telefónicas es grave para cualquier noción de una vida democrática. No importa si el culpable de esa desaparición es Kirchner o es Macri. Desde ese punto de vista, el precedente de la Justicia en el caso Macri no es malo, si fuera sólo el primer paso hacia una investigación más profunda y amplia sobre el corrosivo método de cualquier poder de intervenir teléfonos de personas públicas.
La resolución de la Cámara tuvo dos lecturas. Hay quienes afirman que para un procesamiento no se necesitan tantas pruebas (que no las hay) y que vale sólo la concatenación de hechos y la deducción de los jueces. Las pruebas son indispensables para estos sólo cuando la Justicia condena. Otros afirman que el procesamiento necesita también un mínimo de pruebas y que en el caso de Macri ellas no están.
Antes que su pendencia con Kirchner, Macri debería componer la relación con su padre. Franco Macri fue el que ordenó la intervención telefónica de su yerno, según confesó ante el juez, intervención que resultó una de las pruebas que pesaron en la Justicia para procesar a su hijo. El propio patriarca de la familia Macri declaró en los últimos días que lo quiere a su hijo, pero que confía más en Kirchner. Mauricio Macri no necesita de Kirchner para tener enemigos.
Kirchner concluyó, así, una semana en la que, objetivamente, se oxigenó. Se adueñó, también, de una decisión parlamentaria que amplia los derechos civiles, con la definitiva sanción senatorial del matrimonio gay, aunque esa iniciativa no le pertenece. Es cierto que Kirchner presionó a muchos senadores y el caso más patético es el de Carlos Menem, que ya angostó su ambición de futuro a ser sólo senador de por vida. Pero es cierto también que, en última instancia, prevaleció en el Congreso una controversia entre el principio de igualdad, que es el que triunfó, y los principios religiosos.
El trámite de ese proyecto muestra la lejanía del kirchnerismo. Fue originalmente un proyecto de dos senadoras socialistas que contaron con el apoyo de la diputada Vilma Ibarra, autora de la primera iniciativa en ese sentido. El propio Macri contribuyó a darle un barniz consensual cuando decidió no apelar la decisión de una jueza capitalina que autorizó un matrimonio gay; ya no era sólo el progresismo el que veía el asunto con buenos ojos. Y en la instancia final votaron a favor del proyecto los senadores radicales Ernesto Sanz, presidente de su partido, y Gerardo Morales, titular del bloque radical. Son los dirigentes que tienen los cargos de mayor responsabilidad dentro del radicalismo. ¿Qué mejor prueba que esa de que se trató de una decisión que iba mucho más allá del kirchnerismo?
La jerarquía moderada de la Iglesia quiere ahora dar vuelta la página. Ya está. El propio jefe de la Iglesia, el cardenal Jorge Bergoglio, fue duramente presionado por los sectores ultraconservadores católicos, con buenas y con malas artes. Sus palabras más duras fueron escritas en una carta interna a cuatro conventos de monjas carmelitas. La agencia católica AICA la distribuyó luego sin autorización de Bergoglio. AICA no tiene dependencia formal ni informal de la conducción de la Iglesia. Personas cercanas al cardenal suponen que esa carta (que no estaba destinada al conocimiento público) fue filtrada por los sectores más conservadores de la Iglesia.
Un importante dirigente radical hizo la mejor síntesis: El día que Bergoglio perdió una votación por este tema en la Asamblea Episcopal y ganaron los duros, empezó a ganar la ley del matrimonio gay. El discurso duro aniquiló cualquier instancia de persuasión , dijo.
¿Se ampliarán los derechos civiles hacia otras conquistas también? ¿Podrán los adversarios o los críticos caminar tranquilos por la calle sin esperar la agresión de fanáticos? ¿Se terminará con la violencia moral que derrumba a cualquier interlocutor de Guillermo Moreno? En esas cosas elementales se encierra ahora la sinceridad o la hipocresía de los que mandan.
 
El plan es vencerlos uno por uno, a partir de Macri
Mariano Grondona Domingo 18 de julio de 2010 .
Cuando Roma era joven, entró en conflicto con la vecina ciudad de Alba. Para evitar una sangrienta guerra entre ellas, las dos ciudades acordaron que las representaran tres guerreros por cada una, en un duelo mortal. La elección de Roma recayó en los hermanos Horacios, en tanto que Alba eligió a los hermanos Curacios. El primer choque entre los combatientes dejó a dos Horacios muertos, mientras los hermanos Curacios sufrían lesiones diversas, aunque ninguna de ellas mortal. Al quedar solo, el Horacio sobreviviente empezó a huir, perseguido por los tres Curacios. Su estrategia era astuta porque, como los Curacios presentaban disminuciones físicas de distinto alcance, se fueron distanciando unos de otros en el curso de la persecución. Cuando los Curacios se habían dispersado lo suficiente, Horacio, dándose vuelta, los enfrentó y los mató de a uno, ofreciéndole a Roma su victoria.
Haya conocido o no esta antigua leyenda, Néstor Kirchner ha empezado a reproducir la estrategia de Horacio. Solitario en su duelo por el poder, tiene enfrente a tres modernos Curacios: Mauricio Macri, quien ya se lanzó en procura de la presidencia; el candidato que surja de la interna radical entre Ricardo Alfonsín y Julio Cobos, y quien resulte al fin el candidato del peronismo federal. Sumados, nuestros Curacios son más que nuestro Horacio. Pero, como corren con diversos ritmos, podrían ser vencidos uno por vez.
Y así es como Kirchner ha concentrado su primer despliegue de energía contra Macri. Lo ha hecho al promover el procesamiento del jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires con la complicidad de aquellos jueces que todavía le responden, comenzando con el juez Norberto Oyarbide y siguiendo con los miembros de la Cámara Federal Jorge Ballestero, Eduardo Freiler y Eduardo Farah, quienes acaban de confirmar el procesamiento que dictó Oyarbide contra Macri, al que sólo le queda ahora recurrir a la Cámara de Casación, última instancia en materia criminal, para no tener que enfrentar un juicio oral por las escuchas ilegales que se le imputan. Aun si Macri pudiera prevalecer en esta instancia, pasaría un buen tiempo a la defensiva y esto es a lo que en definitiva aspira el ex presidente: no tanto a encarcelar a Macri, algo imposible aunque le gustaría, sino a desgastarlo por el mayor tiempo posible para que no llegue en buenas condiciones a la confrontación final.
 
Más, pero desunidos
Desde el momento en que cada uno de ellos, llevado por su narcisismo, buscaba ser reconocido como el principal vencedor de la contienda, la falla capital de los Curacios fue no coordinar sus acciones. Si hubieran decidido luchar juntos, habrían vencido. Del mismo modo, nuestros opositores no persiguen uno sino dos objetivos: un objetivo que les es común es derrotar a Kirchner, pero cada uno de ellos busca además derrotarlo a su manera y en su propio beneficio. Esto se vio en las reacciones divergentes de los opositores al conocerse la confirmación del juicio a Macri. En la Legislatura porteña, así, en tanto que los diputados macristas cerraban filas en torno de su líder, otros diputados pedían investigarlo pese a no ser kirchneristas. Lo mismo había ocurrido cuando parte de la oposición apoyó al Gobierno, que proponía en el Congreso la expropiación de los fondos de los jubilados en beneficio de la Anses, a lo mejor sin advertir que su opción ideológica en favor de la estatización de esos fondos sería utilizada por el kirchnerismo para ampliar decisivamente el poder de la "caja" con olvido de los jubilados, esos eternos postergados. Lo mismo acaba de ocurrir también cuando Kirchner dividió otra vez a la oposición al apropiarse de la bandera del matrimonio gay y obtuvo una estrecha victoria en el Senado gracias a votos tan "opositores" como los de Sanz, Morales y otros senadores no kirchneristas. ¿Cuál es entonces la intención principal de los opositores, vencer a Kirchner o competir entre ellos?
Al no mostrarse desgarrado, en cambio, por opciones ideológicas o morales, Kirchner tiene a su favor la unidad de propósitos, ya que sin dejarse seducir por ningún principio, únicamente busca ampliar su poder, como sea, en dirección de 2011. Parece cumplirse de este modo la negra profecía que concibió el autor "maquiavelista" Gaetano Mosca al decir que no creía en la democracia, que consagra solemnemente el predominio de la mayoría sobre la minoría, porque en ella una "minoría organizada" prevalece sobre una "mayoría desorganizada". Habiendo sometido a sus partidarios a una férrea disciplina detrás de su obsesión por el poder, Kirchner, pese a ser minoritario, obtiene entonces una victoria tras otra a costa de la mayoría opositora, y el único remedio que le queda a ésta contra él parece ser, de un lado, reunirse en torno de banderas comunes como lo es hoy la de apoyar la meta del 82 por ciento a la que aspiran los jubilados, quitándole la iniciativa al Gobierno, y, del otro, que la sociedad, escandalizada por la desaprensión del kirchnerismo, termine condenándolo otra vez como el 28 de junio de 2009.
 
¿A quiénes ayuda Dios?
Quizá Kirchner tampoco leyó a Mosca, pero aunque no lo hubiera leído parece seguirlo al pie de la letra. Dice un cínico refrán que "Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos". Tomando a Mosca, hasta podría decirse que "Dios ayuda a los malos cuando, a pesar de ser menos, están mejor organizados que los buenos". Consciente o inconscientemente, ¿sigue Kirchner esta inquietante consigna? ¿Es posible que haya pensado que la sucesión de pequeñas victorias que va obteniendo frente a una oposición no coordinada comunica la impresión de que es invencible porque sólo un luchador sin reglas ni escrúpulos como él es capaz de domar el potro sin frenos de la dispersa Argentina?
Si al fin logra su propósito, podría ocurrir que después de las elecciones, ante la perturbadora visión de un país empujado ya sin trabas al chavismo, los opositores cayeran finalmente en la cuenta de las consecuencias catastróficas de su desunión. Pero, entonces, como ya ocurrió en Venezuela, sería demasiado tarde. ¿De qué valdrían en tal caso las lamentaciones?
Según una aleccionadora fábula, una familia de liebres, al verse acometida por una jauría de perros, se puso a discutir si sus atacantes eran o no eran galgos sin advertir que, fuera cual fuere su naturaleza, los agresores se les estaban viniendo encima. Gracias quizás a su íntimo desprecio por la naturaleza humana, Kirchner ha percibido antes que nadie lo débiles, lo frágiles que son tanto sus seguidores como sus contrincantes. Que algunos de ellos son sobornables y que a otros el miedo los paraliza. Ante la audacia de la campaña kirchnerista, la única solución que tienen a mano los opositores es revisar sus prioridades. ¿Quieren resistirla antes que nada porque los amenaza un peligro común, o siguen soñando no sólo en resistirla, sino también en prevalecer sobre el resto de los opositores? Unicamente una verdadera higiene de los conceptos les permitiría advertir que lo esencial para la república democrática que aún tenemos será derrotar al hiperpresidencialismo que la amenaza y que sólo después habría que decidir, como un objetivo secundario, a quiénes les corresponderá el próximo gobierno. Si los Curacios hubieran pensado así, habrían derrotado al solitario Horacio, pero, al menos hasta ahora, mientras nuestro nuevo Horacio ha aprendido la lección de su remoto predecesor, nuestros nuevos Curacios aún no han recogido la enseñanza que a pesar de ellos les legaron sus infortunados antecesores.

Kirchner, Macri y el envión del fútbol
La construcción de la popularidad
Santiago Kovadloff Para LA NACION
.Noticias de Opinión: anterior | siguiente Viernes 16 de julio de 2010
Es evidente el relieve que, en la política argentina, han alcanzado los vínculos familiares. Hace tiempo que el sindicalista Daniel Moyano graduó a sus hijos en el arte de respaldarlo. Eduardo Duhalde y su esposa trabajan asociados y a la par desde hace muchísimos años. Al igual, claro está, que Cristina Fernández y su infatigable marido, iniciadores ambos, por lo demás, del joven Máximo Kirchner en las lides de lo que ambos entienden por política.
La vigencia del tema familiar y el papel de los vínculos parentales en nuestra historia reciente no van a la zaga de su pasada abundancia. Ahí están las Madres de Plaza de Mayo y las Abuelas. La trascendencia social y la proyección política de cuestiones como el aborto, la legalización o no de las aspiraciones matrimoniales de la comunidad gay, así como la de la adopción de niños por parte de parejas integradas por miembros de un mismo sexo prueban el destaque ganado por lo familiar entre los problemas que hoy debe atender la gestión parlamentaria, considerar la Justicia y tener muy en vista el Ejecutivo, si aspira a preservar su facultad de incidencia y liderazgo.
Hay dos hombres cuyas trayectorias ilustran con elocuencia y de modo antagónico cuáles pueden ser los efectos de las relaciones entre potentes figuras paternas e hijos que optan por lo político. Ellos son Mauricio Macri y Ricardo Alfonsín. El apellido de cada uno incide sobre ambos de manera determinante. A uno lo habilitó para emprender su marcha personal por el camino previamente transitado por su padre. Al otro, esa huella profunda lo impulsó a desviarse del núcleo familiar y a buscar rumbos inéditos. Ricardo Alfonsín acopió los réditos de la identificación. Mauricio Macri cosechó los beneficios de una tajante diferenciación. A uno, su apellido le ofertó un capital adecuado para el despliegue de sus más íntimos propósitos. Al otro, le impuso barreras que debió franquear para llegar a resignificarlo.
Pero algo más cabe añadir a este cuadro ligero sobre dos temperamentos filiales tan distintos. Ricardo Alfonsín deberá empeñarse a fondo si quiere persuadir a su eventual electorado de que sabrá ir más allá de su padre. No sólo del respaldo que le brinda la maciza integridad de su apellido, sino más allá también de las dudas que siembra la aptitud radical para asegurar gobernabilidad donde tanto éxito se ha tenido en impedírsela. Mauricio Macri, a su turno, aún no ha podido generar una estructura partidaria contundente ni un abanico de alianzas perdurables. Su gestión al frente de la ciudad de Buenos Aires ha evidenciado, junto a logros que sólo la insensatez desconoce, gruesos errores de comprensión que desnudaron su inexperiencia en órdenes donde los costos políticos que se pagan están entre los más altos. Dígase, por lo demás, que se lo combate desde el oficialismo con una ferocidad que paradójicamente refuerza su protagonismo mediático. Las razones de ese asedio, como enseguida se verá, no son infundadas, aunque muy lejos están de los delitos que con inocultable desesperación busca imputársele.
Mauricio Macri se incorporó a la política con un alto nivel de popularidad. Esa popularidad tiene que ver con el fútbol. Un deporte en el que su certero desempeño como empresario hizo posible que su nombre y el de Boca resultaran indisociables. No es otra la causa inconfesada por la que Néstor Kirchner quiere verlo borrado del mapa de los presidenciables.
No son pocos entre nosotros los que han pasado del deporte a la política, confiados en que la celebridad conquistada en el primero legitimaba ese tránsito a la segunda. Y tampoco faltan por aquí los políticos que desearían hacer suyos los recursos que brindan los éxitos deportivos. De Roma en adelante, se sabe cuánto pueden aportar al atractivo de las figuras enamoradas del poder.
Hay, en la Argentina de esta hora, dos expresiones fuertemente contrapuestas de ese doble proceso. Macri es una de ellas. Kirchner es la otra. Macri, como recién se dijo, hizo de Boca Juniors una empresa eficiente y contribuyó, de manera decisiva, para que se convirtiera en un club de fútbol imbatible. En esos dos logros se funda su celebridad. Boca fue la primera connotación simbólica que Mauricio Macri imprimió a su apellido para que dejara de remitir, preponderantemente, a su padre. El recreó a Boca y Boca lo recreó a él. A partir de ese momento, el suyo pasó a ser un nombre propio.
Tras ese triunfo, Macri se orientó hacia la política. Ante el electorado porteño que aspiraba a conquistar fue, no obstante, sumamente cauto. No se presentó como estrella del mundo deportivo sino como un emprendedor práctico y eficiente. ¿Qué hizo con su popularidad futbolística? Reservó ese capital invalorable para el momento en que decidiera salir en busca de la presidencia de la Nación. Y ese momento ha llegado.
La camiseta de Boca Juniors es, para incontables personas, poco menos que una enseña patria, sólo superada en visibilidad y hechizo por la blanquiceleste, cuando la Argentina interviene, como acaba de ocurrir, en campeonatos internacionales. No hace falta ser encuestador ni sociólogo para darse cuenta de que, hasta en los sitios más recónditos del país, allí donde la miseria y el aislamiento agrietan la identidad, ser es poco más que ser de Boca. Y al afianzamiento de ese dramático consuelo contribuyó Mauricio Macri. Por lo demás, los desaciertos que llevaron a la zozobra del club después de su fulgurante gestión potenciaron su imagen en la hinchada más nutrida del país y la fortalecieron con los atributos de la idealización y la nostalgia.
Es ese magnetismo vigente en tantas partes de nuestro territorio el que inquieta a Néstor Kirchner. Especialmente, después de la tremenda avería ocasionada a sus necesidades por la selección alemana que torpedeó a la argentina. De no haber sido así -y suponiendo que nuestro equipo se hubiese consagrado campeón en Sudáfrica-, Diego Armando Maradona, digitado por Néstor Kirchner, se habría convertido en el recurso perfecto con el que enfrentar a Mauricio Macri, allí donde el fútbol sigue siendo lo que ante todo cuenta para ampliar la base de cualquier sustentación electoral.
Kirchner sabe muy bien que esa proyección personal es la que a Macri le permite compensar, en buena medida y en el orden nacional, la débil estructura partidaria del Pro. Quiere, por eso, anticiparse al eventual apoyo que a su candidatura pueda llegar a brindarle el Peronismo Federal. Quiere neutralizarlo antes de que sea tarde.
No debe olvidarse que mientras Macri llegó a la política con su popularidad bien asentada en el mundo del fútbol, Kirchner se propuso ganarla allí siguiendo el rumbo inverso: ingresó a él desde la política. Creyó que, si lograba reconocimiento en ese espacio codiciado, podría disputarle a Macri la soberanía que éste sigue ejerciendo donde el fútbol está en el centro del interés de los votantes. Promovió en consecuencia y sin reparar en costos, una propuesta televisiva colosal: Fútbol para Todos. Esa fue su rotunda oferta inicial a la espera de la gratitud de los aficionados. Depositó después en Maradona la más aventurada de sus expectativas: exhibir, desde el balcón de la Casa Rosada, la copa del Campeonato Mundial disputado en Sudáfrica.
El primero de los proyectos se ha convertido en un agobiante laberinto financiero del que el Gobierno no sabe cómo escapar. En cuanto al segundo, nadie ignora qué pasó. Maradona no pudo imponerse como un técnico solvente ni ofertarle a Kirchner el triunfo que éste esperaba. En consecuencia, el prestigio de Macri sigue invicto donde tanto importaba quebrantarlo.
De un modo posiblemente involuntario, pero extrañamente frecuente, Kirchner tiende a dar a luz hechos propicios para sus adversarios. También suele renegar de lo que sucede cuando no coincide con lo que espera. ¿Volverá a hacerlo en esta ocasión? Probará, en tal caso, que sigue siendo el mismo de siempre: un hombre aferrado a tal punto a lo que sabe que es incapaz de aprender. Quizás el joven Máximo así lo crea alguna vez. Se verá entonces qué supo hacer con la sombra de un padre tan influyente. © LA NACION

 Otra batalla innecesaria
Joaquín Morales Solá
LA NACION Miércoles 14 de julio de 2010
.Hay senadores convencidos sinceramente de que corren en la dirección del progreso cuando se manifiestan a favor del matrimonio gay. Hay otros que sólo lo hacen porque no tendrían vida política fuera del kirchnerismo. Y a ellos deben agregárseles los que desaparecieron sin combatir o los que viajaron sin despedirse. Así las cosas, los senadores se acercan hoy al momento de la crucial votación con números parejos, con la lengua afuera, urgidos a buscar una tercera vía, atenazados también por enfrentados sectores sociales. Las calles de la Capital fueron testigo ayer de esa discordia.
Una diagonal entre dos paralelas podría estar, según negociaban anoche varios senadores, en la aprobación del proyecto de la Cámara de Diputados, pero cambiando el nombre de matrimonio por el de unión familiar, con igualdad de derechos, para todos los que se casen en las oficinas del Estado.
La denominación de matrimonio quedaría sólo para el rito religioso. Dirigentes políticos intentaron ayer buscar la comprensión de la Iglesia a ese cambio con el argumento de que la alternativa sería aún peor: saldrá el matrimonio, tal como parece quererlo el ex presidente Néstor Kirchner.
Incluso, trascendió que hubo una conversación telefónica entre la líder opositora Elisa Carrió y el jefe del ala más conservadora de la Iglesia, el arzobispo de La Plata, monseñor Héctor Aguer.
Carrió no confirmó ni desmintió ese contacto, pero al lado suyo dijeron que la conversación fue muy amable. "El obispo no adelantó una opinión definitiva", acotaron.
Una franja importante de senadores proclives a votar la unión civil de parejas homosexuales no quería quedar presa de la confrontación entre Kirchner y el cardenal de Buenos Aires, Jorge Bergoglio. Más importante aún: no quería ayudar al ex presidente en un eventual triunfo sobre el líder religioso más importante del país.
En rigor, Bergoglio fue obligado por Kirchner a subirse a un ring que nunca lo sedujo. De hecho, Bergoglio no se pronunció jamás ante la decisión del ex jefe del gobierno porteño Aníbal Ibarra cuando éste estableció en la Capital la unión civil entre personas del mismo sexo.
El problema es que Kirchner no aspira a ganar una pulseada en el Senado. Su visión épica de la política y su necesidad de hacer de cada tema un combate a matar o morir lo arrastraron al objetivo de derrotar a Bergoglio y, con él, a la Iglesia.
La Iglesia, a su vez, reivindica el matrimonio como un capital cultural y lingüístico propio, cuya etimología también le pertenece. En realidad, la palabra matrimonio es, para la Iglesia, parte de la religión. Los católicos, y los cristianos en general, no son los únicos que piensan así. Las cosas son muy parecidas, por ejemplo, para la ortodoxia de la religión judía.
Esa visión explicaría que la versión más moderada de la Iglesia haya quedado eclipsada por las posiciones más conservadoras.
La decisión de Kirchner de liderar personalmente una cruzada contra los obispos empujó a Bergoglio, a su vez, a ponerse al frente de su Iglesia. O el líder era él o lo sería Aguer. Algunos obispos cometieron ciertos excesos verbales en los últimos días, pero nada fue peor que el discurso de Cristina Kirchner, que meneó la Inquisición para descalificar a la Iglesia. Otra vez, la historia sirvió como un arma que se arroja contra el adversario.
Otra parte del problema es la condición de advenedizos de los Kirchner en este tema. Nunca creyeron en la necesidad de que su gobierno fuera el que legislara sobre el matrimonio gay.
El primer proyecto en ese sentido de la entonces senadora oficialista Vilma Ibarra provocó una dura reacción del matrimonio presidencial. Ese proyecto fue anestesiado.
 
Tomar distancia
¿Qué cambió ahora? Cierta progresía social está tomando distancia de los Kirchner cuando observa crecer supuestos casos de corrupción y, sobre todo, cuando ven el patrimonio creciente del matrimonio que manda. Los Kirchner creen que el matrimonio gay podría ser un buen anzuelo para reconquistar a esas franjas ahora remolonas de militantes.
¿Qué mejor escaparate, frente a todo eso, que una lucha a todo o nada con el cardenal de Buenos Aires, con ese arzobispo que siempre les pareció fastidioso a los Kirchner? Esta percepción es lo que llevó a varios senadores opositores a condicionar su voto de hoy, que originalmente estaba a favor de aprobar el proyecto de Diputados, para no aparecer homologando un triunfo oficialista sobre el jefe de la Iglesia Católica.
Los radicales que marchaban en esa dirección, que son cinco y no cuatro desde ayer, constituyen un bloque clave para la aprobación o el rechazo de la nueva norma. Sin ellos, el proyecto sería rechazado.
Ellos son lo que estaban negociando anoche el cambio de la denominación de matrimonio por el de unión familiar. Sin la aprobación del oficialismo, es probable que esa modificación también sea rechazada. Así de empatado está el Senado.
 
Lo inexplicable
Las cosas habrían sido más claras, para bien o para mal, si todos los senadores ocuparan sus puestos. Dos senadores no aparecen por ninguna parte y otros dos andan en China con la Presidenta, pero el caso más llamativo es el del ex presidente Carlos Menem.
No hubo otro presidente de la democracia argentina como él que se llevara mejor con la Iglesia y con el Vaticano. Hasta ayer, los senadores descontaban la ausencia de Menem, que beneficiaría así al Gobierno. Menem es ya inexplicable.
Así las cosas, los que padecen el problema social y los que se sienten culturalmente agredidos han quedado sepultados por una batalla innecesaria, como lo son casi todos los combates del kirchnerismo

El país, bajo el hechizo de la polarización
Por Mariano Grondona Domingo 11 de julio de 2010 |
.Hay dos clases de regímenes políticos: rotativos y polarizados . En los regímenes "rotativos" las principales fuerzas partidarias se alternan pacíficamente en el poder, siendo el papel del pueblo determinar a cuál de ellas les tocará el próximo turno. Esto es posible únicamente cuando las principales fuerzas políticas, si bien compiten ardientemente entre ellas por el favor del pueblo, no se ven como enemigas, sino como rivales porque comparten un mismo proyecto de país y tampoco ven, por lo tanto, el triunfo eventual del rival como el fin del mundo, sino, apenas, como un giro temporario de la fortuna electoral. La existencia de este tipo de regímenes es la marca del desarrollo político. No sólo el Reino Unido y los Estados Unidos, España y los países europeos en general, sino también países latinoamericanos como Uruguay, Chile, Brasil, Colombia y México se identifican con esta fórmula política. En todos ellos la vida pública ha dejado de ser un drama porque se despliega bajo el signo de la estabilidad, la cual permite la instalación de "políticas de Estado" que se mantienen más allá de los cambios de gobierno; esto favorece un clima de inversiones de largo plazo dentro del cual es previsible, además, el desarrollo económico.
En los regímenes "polarizados", al contrario, las principales fuerzas partidarias, al percibirse una a la otra como enemiga y no ya como rival porque tienen opuestos proyectos de poder, consideran el triunfo eventual del adversario el fin del mundo y por eso, según lo advirtió Bertrand de Jouvenel en su Teoría pura de la política , es más fácil que hagan trampas por aquello de que, por ejemplo, en un juego de cartas, mientras que una persona normal no trampeará si apuesta monedas, sentirá la fuerte tentación de hacerlo si apuesta grandes sumas, su familia o su casa. En América latina, los regímenes políticos de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua están polarizados. Aunque la pretensión de los caudillos que en ellos retienen el poder es asegurarlo para siempre, los regímenes polarizados son constitutivamente inestables porque, no pudiendo eludir la inexorable sucesión de los ciclos políticos, al fin de su propio ciclo, y sea éste más largo o más corto, ya no sobrevendrá el giro pacífico, suave, de los regímenes rotativos, sino el vuelco abrupto, catastrófico, que es la marca del subdesarrollo político y, como consecuencia, del subdesarrollo económico.
 
En la Argentina
Lo que confiere un particular dramatismo a la lucha que hoy se despliega entre nosotros es que los dos bandos en pugna que aspiran al poder no son homogéneos, sino heterogéneos porque, en tanto que uno de ellos tiene una concepción polarizada de nuestro régimen político, la concepción de su opositor es rotativa. Alguna vez el rey de España Carlos V dijo sobre su pugna con el rey de Francia Francisco I: "Mi primo Francisco y yo estamos de acuerdo: los dos queremos Milán". Esta ironía podría aplicarse a la Argentina actual, ya que el kirchnerismo y la oposición que lo enfrenta también, en el fondo, están de acuerdo: los dos quieren determinar, cada uno a su manera, el rumbo de nuestro régimen político. Por eso, las elecciones de octubre de 2011 no traerán con ellas solamente una opción entre personas o partidos de la misma naturaleza, sino una opción entre dos visiones mutuamente excluyentes de la política nacional; una, con el kirchnerismo, polarizada; la otra, con la oposición, rotativa. Venezuela o Chile. El autoritarismo o la democracia. Entre ambas alternativas, todos los países latinoamericanos ya han elegido alguna, salvo la Argentina. Por lo visto tenemos en nuestras manos, sin haberlo pretendido, el fiel de la balanza regional.
El dilema que tendremos que resolver los argentinos será, por lo dicho, crucial. ¿Cómo asombrarse entonces de que, según pasan los meses, aumente la aspereza, la tensión, de nuestra vida política? Podría decirse que el culpable principal de esta lucha a todo o nada es el propio Kirchner, ya que de él proviene la aspiración a un poder absoluto que es resistida con igual pasión por sus opositores aunque dentro de ellos predomine, de unos hacia los otros, un espíritu pluralista, rotativo. Pero, aun siendo democráticos, nuestros opositores no pueden desarrollar el mismo estilo pluralista que emplean entre sí que el que les exige el absolutismo de Kirchner. A veces se definen como no kirchneristas . Pero a la vista de lo que pretende el ex presidente, ¿no corren también ellos el peligro de la polarización que éste exhibe como algo natural, de dejar de ser por consiguiente "no kirchneristas" para convertirse en antikirchneristas ? ¿Es concebible acaso un "no kirchnerismo" que no bordee casi fatalmente el "antikirchnerismo"?
El peligro de ser "anti"
El dilema entre el no kirchnerismo y el antikirchnerismo que enfrenta la oposición es grave porque hunde sus raíces en nuestra historia. Antes de 1853, los argentinos se enfrentaron sin piedad porque, en tanto que los "unitarios" eran por lo pronto "antifederales", los federales eran por lo pronto "antiunitarios". El drama de este tipo de preferencias es que, en vez de competir cada bando con la mirada puesta en el "bien común" que debiera reunirlos, sus portadores reducen su horizonte a un odio interno cuyo primer efecto es la pérdida de vista del interés nacional. Este drama se repitió entre nosotros en varias oportunidades, cada vez que el odio interno desembocó en un nuevo desgarramiento nacional. Así pasó durante la pugna entre radicales y conservadores que frustró en 1930 nuestro primer período democrático. Así volvió a pasar con la intolerancia recíproca entre peronistas y antiperonistas que trajeron consigo los años cuarenta, cincuenta y sesenta. Y aun cuando los grandes caudillos de estas dos corrientes, Perón y Balbín, fueron habitados por la sabiduría de su abrazo al comenzar los años setenta, en esa misma época vinieron a chocar con una furia impar los Montoneros y los militares, que, en lugar de prolongar la enseñanza que ellos les legaban, estiraron hasta hoy el odio que por otra cuerda también heredaban. ¿Será que, según lo sugieren los trágicos episodios que hemos enumerado, los argentinos estamos poseídos por un espíritu destructivo, por el embrujo adictivo de la polarización? ¿Y no será entonces que Kirchner, precisamente por sus excesos, es el más reciente representante de nuestra ancestral animadversión recíproca, esa misma que una y otra vez nos ha impedido realizarnos como nación?
Pero hay un antecedente que, después de exorcizar nuestros demonios, nos dio el único período de concordia que traería la doble bendición del desarrollo político y económico. Este período de unidad y de progreso rigió entre 1852 y 1930. ¿Por qué no se reinstaló en él, nuevamente, la discordia? Porque hubo un proyecto común al que los Alberdi, los Sarmiento, los Mitre y tantos otros adhirieron a pesar de sus intensas pasiones personales, siguiendo antes de que fuera pronunciada aquella definición de Ortega y Gasset según la cual "la nación es un proyecto sugestivo de vida en común". Porque después de Rosas no prevaleció el "antirrosismo" sino el "posrosismo". Esta es la fecunda lección que debieran recoger hoy los opositores para diseñar el nuevo horizonte nacional de los argentinos sin recaer en la fatídica tentación de la que sería portador el "antikirchnerismo" y sin excluir tampoco a los propios kirchneristas, invitándolos a estrechar la mano que les extiendan, en memoria de aquellas décadas luminosas en las cuales la pasión por la patria superó a todas las demás
 
Chávez también presionó
Por Joaquín Morales Solá Domingo 11 de julio de 2010 |
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Podría ser una telenovela de cuarta, como la definió Néstor Kirchner, pero nadie podrá negarle a la trama del escándalo en las relaciones con Hugo Chávez ingenio, verosimilitud y asombros. Los capítulos se suceden con vibrantes novedades y aparecen, permanentemente, nuevos personajes. Una noticia reciente indica, por ejemplo, que el relevo del embajador Eduardo Sadous de su destino en Caracas no fue sólo una decisión de Kirchner, sino también consecuencia de una presión del propio Chávez. La impugnación del líder venezolano no era política ni ideológica, sino práctica: el embajador argentino estaba obstaculizando los "negocios" entre venezolanos y argentinos. Aquella intuición de Chávez no carecía de información precisa, sobre todo si se la analiza con el conocimiento que se tiene ahora de los cables reservados que el entonces embajador en Venezuela enviaba a Buenos Aires. La objeción a Sadous y el consecuente relevo del embajador sucedieron en 2005, un año en el que se registró también un vuelco clave en la relación entre Kirchner y Chávez.
La revelación del fastidio de Chávez con Sadous comenzó en Nigeria. En los primeros años de esta década, el embajador argentino en ese importante país africano, Jorge Vehils, trabó una relación de compinches con el embajador de Venezuela, Jesús Pérez, y con el de Brasil. Los tres llegaron a formar una pequeña orquesta para desafinar la música latinoamericana en medio de la insoportable desolación de Africa.
Vehils regresó luego a Buenos Aires y aceptó otro destino africano: la embajada en Guinea Ecuatorial. El dictador guineano Teodoro Obiang le dio el plácet, pero el gobierno argentino nunca le entregó los recursos para volver a Africa. El embajador venezolano Jesús Pérez, amigo entrañable de Chávez, tuvo un destino mejor: lo designaron ministro de Relaciones Exteriores de su país. Pérez es un botánico simpático, que conoce de plantas y de árboles tanto como desconoce la política exterior. Importa poco: su amistad con el caudillo de Caracas es indestructible.
A principios de 2005, Vehils, un africanista hecho y derecho, se aburría en Buenos Aires cuando se enteró de que el ya canciller Pérez estaba en la Argentina para preparar una próxima visita de Chávez al país. Lo buscó en el hotel Sheraton, lo encontró y Pérez lo recibió con los ampulosos gestos de afecto propios del Caribe. Los dos amigos decidieron salir a caminar por la Recoleta. Recordaron entre carcajadas los tiempos africanos. Pérez es un hombre divertido para un curioso: suele describir con propiedad los árboles, sus orígenes y sus familias. En el paseo, durante un diálogo sobre plantas, música y la impotencia de Africa, el canciller venezolano lo sorprendió a Vehils con una pregunta inesperada:
-¿Lo conoces al embajador Sadous? -le zampó a quemarropa.
-No soy amigo de Sadous. Pero tengo muy buenas referencias profesionales de él y sé que cuenta con el respeto de los colegas -le respondió Vehils.
-A ése lo tenemos que limpiar de la embajada argentina -le respondió Pérez con un tono que Vehils no había escuchado en su amigo.
-¿Por qué? -averiguó Vehils.
-Está impidiendo todos los negocios nuestros. Se mete en todo -le replicó el canciller de Chávez.
Vehils quedó con un regusto amargo. Nunca supo bien a qué se refirió Pérez con esa alusión a los "negocios". Pérez dejó luego la cancillería venezolana, pero Chávez le dio la embajada en París, donde todavía está. Aquel velo cayó para Vehils cuando supo de los cables reservados de Sadous, en los que informaba que empresarios argentinos le habían denunciado que debían pagar sobornos para poder acceder al comercio con Venezuela y que, encima, habían desaparecido 90 millones de dólares de la cuenta de un fideicomiso binacional.
Sadous abandonó Caracas pocos meses después de aquel diálogo. Se fue con todos los honores, despedidas y condecoraciones de un embajador respetado, pero se fue de Caracas. Sadous era para los chavistas un antichavista, pero para los antichavistas era un chavista , recuerda un analista venezolano. Entonces fui un buen embajador, sin compromisos con nadie , respondió Sadous a una consulta sobre aquella definición.
Es cierto que Sadous nunca trasladó a Buenos Aires cierta información venezolana puramente política. En un viaje de Kirchner a Caracas, el entonces presidente argentino no quiso recibir a Teodoro Petkoff, un antiguo guerrillero venezolano que se convirtió en la cabeza más lúcida de la oposición a Chávez. Petkoff fue recibido por el entonces gobernador de Buenos Aires Felipe Solá, por el ya influyente secretario legal y técnico de la presidencia, Carlos Zannini, y por el propio Sadous. Petkoff lanzó en esa reunión una definición devastadora: El principal problema de Venezuela es la corrupción de Chávez y de los jefes militares , encajó. El recuerdo de ese diálogo corresponde a Felipe Solá. Sadous nunca habló de ese encuentro, quizá porque lo inscribió en la lucha política interna de Venezuela.
Vehils está dispuesto ahora a contar sus recuerdos ante jueces o comisiones parlamentarias. Entendió, por fin, a qué se refería su amigo Pérez cuando le habló de "negocios", pero además considera muy grave que un canciller extranjero le haya anticipado la suerte de un embajador argentino a otro embajador argentino.
¿Era peligroso Sadous para esas relaciones tan especiales entre chavistas y kirchneristas? Nadie le puede negar experiencia para saber qué es correcto y qué no lo es en las relaciones internacionales. Trabajó en la secretaría privada de seis cancilleres argentinos (Alberto Vignes, Angel Robledo, Manuel Aráoz Castex, Dante Caputo, Susana Ruiz Cerutti y Domingo Cavallo). Ya los militares lo encontraron peligroso. La última dictadura lo sacó abruptamente de un bello destino en Roma y lo confinó cuatro años en la India.
El año 2005 marcó la mutación de Kirchner, que se había adjudicado hasta entonces un papel de "contención" de Chávez ante varios países importantes. El entonces presidente argentino cambió desde la cumbre americana de Mar del Plata, en ese mismo año, cuando acompañó a Chávez en el destrato a George W. Bush, y organizó la cumbre y la contracumbre en la misma ciudad balnearia. Desde entonces, también, lo que realmente vale para la relación entre Buenos Aires y Caracas son las embajadas paralelas encabezadas por Claudio Uberti, primero, y por José María Olazagasti, ahora, bajo la jefatura de Julio De Vido.
La nueva estrategia de la oposición en el Congreso podría conseguir las interpelaciones parlamentarias de De Vido y del canciller Héctor Timerman por el "caso Venezuela". Ninguno de esos ministros tiene experiencia política como para desafiar el salto mortal de tener que enfrentarse a un duro debate parlamentario. Alguno de los dos podría ser fulminado en el recinto , dramatizó un legislador kirchnerista.
¿Es inexplicable, o casual, que en ese contexto el Gobierno haya tirado cualquier noción de prestigio en la defensa cerrada del cuestionado juez Norberto Oyarbide? No. El oficialismo necesitaba dar una muestra inconfundible de que todavía está en condiciones de defender o de echar jueces en el Consejo de la Magistratura. Oyarbide fue juzgado por la prontitud con que desestimó la denuncia contra el matrimonio Kirchner por su inexplicable patrimonio.
Algunos jueces se sumaron al oficialismo con el pretexto de que no se puede acusar a un juez por el contenido de sus sentencias, tesis que fue apoyada por el kirchnerismo. Contradicción pura: muchos de los ex jueces de la Corte Suprema de Justicia en tiempos de Menem fueron juzgados y expulsados de sus cargos por el contenido de sus sentencias.
Envalentonado, Oyarbide pidió en el acto la recusación del senador Ernesto Sanz, fiscal implacable de varios jueces kirchneristas, en el próximo caso al que será sometido: su papel en la investigación de las escuchas telefónicas que involucran a Mauricio Macri. Oyarbide argumentó una "enemistad manifiesta" de Sanz hacia él, lo que significa una recusación de por vida. La comisión que debe resolver tiene mayoría oficialista. Pero Sanz ya le anticipó al senador kirchnerista Nicolás Fernández que está dispuesto a descerrajar un escándalo de órdago.
Un escándalo le abre las puertas a otro escándalo. Podría ser una telenovela, en efecto, pero con un final triste y perdidoso.
 

El viejo recurso de ultrajar y ofender
Joaquín Morales Solá
LA NACION Miércoles 7 de julio de 2010
Sólo la percepción de la decadencia explicaría la instalación de un gobierno de hombres duros, permanentemente enojados. El jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, perfeccionó en los últimos días su ingenio cotidiano para ofender. El canciller Héctor Timerman se parece cada vez más a un panelista constante de esos hiperkirchneristas programas de televisión en los que nadie explica nada, pero todos analizan despectivamente a los opositores y al periodismo no oficialista. El propio ministro Julio De Vido hizo conocer su opinión en público, casi por primera vez en siete años, para inculparse y tratar también con un humor de perros a los periodistas y a los opositores.
Los Kirchner nunca dirigieron un gobierno amable, pero hubo un tiempo en el que los enojos y los retos eran un monopolio de la diarquía gobernante; es decir, de Néstor y Cristina Kirchner. Nadie más maltrataba ni insultaba, aunque, todo debe decirse, Aníbal Fernández protagonizó algunas célebres excepciones. Todos los demás trataron siempre de suavizar en reserva lo que ya era demasiado ríspido en público. ¿Qué sucedió ahora para que se haya designado, por ejemplo, un canciller que se ocupa casi exclusivamente de difamar a los medios periodísticos? La historia señala que los gobiernos se radicalizan cuando ven que se acerca el fin o cuando admiten frente a un espejo implacable que les tocó vivir la mala hora. Timerman volvió a menear una acusación ("existe una conspiración destituyente") que el kirchnerismo sólo usó cuando se abatió sobre él la derrota política. Fue en 2008, al final de la guerra perdidosa contra los productores rurales.
Ahora no son los hombres de campo los que acosan al oficialismo, sino la oposición política en el Congreso. La sociedad argentina se ha despertado del exitismo mundialista, pero más grave que eso son, dicen inmejorables funcionarios, los avances opositores en el Parlamento. Aníbal Fernández tuvo el mérito de reconocer lo que parecía una deducción: el Gobierno patalea ante la probable necesidad de vetar el proyecto de ley del 82% móvil para los jubilados. ¿Cómo explicará que la Anses no tiene plata que financiar ese aumento, pero sus recursos pueden, en cambio, sufragar necesidades políticas de los gobernantes? No hay tormento mayor para los Kirchner que tomar una decisión que será a todas luces impopular.
Otras dos decisiones parlamentarias no podrán ser vetadas porque son facultades propias del Congreso. Una de ellas es la constitución de la comisión bicameral de seguimiento de los servicios de inteligencia, que ya existía, con mayoría y presidencia opositoras. Esta resolución de la oposición provocó una muy dura discusión de los opositores con el jefe del bloque kirchnerista, Agustín Rossi, otro que perdió la vieja compostura política que supo tener. La restante decisión del Congreso será la de negarle al Ejecutivo una prórroga de las facultades delegadas, que tampoco el Gobierno podrá vetar, y que incluye la recuperación por parte de los legisladores de fijar las retenciones a las exportaciones.
Esas decisiones políticas erosionarán el núcleo duro de la conducción kirchnerista, porque le sacarán la caja, la información privilegiada, las operaciones encubiertas y la arbitrariedad para administrar el Estado. Esta conclusión explicaría la razón de tanto enojo oficialista.
El discurso no es sólo retórico, sino amenazante y, en algunos casos, impolítico para los propios intereses del Gobierno. Un caso claro de esta última naturaleza es la decisión de plantear, con el proyecto del matrimonio gay, una batalla cultural con la Iglesia, que no hace más que fortalecer a los sectores eclesiásticos más conservadores. En la última asamblea del Episcopado, el sector de obispos moderado, liderado por el cardenal Jorge Bergoglio, perdió una votación crucial sobre este tema con el ala conservadora que capitanea el arzobispo de La Plata, Héctor Aguer. En tanto Aguer se negaba a cualquier concesión sobre el problema, los moderados plantearon su oposición al uso del término matrimonio, pero dejaban al gobierno de la sociedad la resolución de un problema social que existe.
A su vez, Aníbal Fernández le advirtió en su blog al columnista de Clarín Eduardo van der Kooy que le costará conseguir trabajo cuando "se horizontalice la información"; es decir, cuando rija la nueva ley de medios. ¿Será la ley de medios una garantía para la libertad de expresión, como lo dijo Cristina Kirchner, o será la oportunidad para que el oficialismo colonice los medios, como lo insinúa su jefe de Gabinete? Más tarde, Cristina Kirchner se mostró maternal y comprensiva con la selección argentina. Fue sólo una excepción entre tantas provocaciones, denuestos y reproches, pero excepción al fin.
Un día antes, el acorralado ministro De Vido dio un comunicado en el que intentó aclarar la oscuridad en las relaciones con Venezuela. No lo logró, pero descalificó a los diarios La Nacion y Clarín con el argumento de que son "socios en Papel Prensa", como si se tratara de una prueba definitiva sobre la culpabilidad de algún incierto delito. Esa sociedad es pública desde hace más de 30 años, cotiza en Bolsa y nunca impidió la natural competencia entre ambos diarios. De Vido confirmó la vieja ley de los políticos incurables que indica que cuando se carece de una defensa eficaz es mejor instalar la idea de que todos son iguales.
De Vido hizo algo peor: adujo, para proteger a su ex secretario privado José María Olazagasti, actual responsable del ceremonial de su cartera, que en el Ministerio de Planificación no existen honores, cargos ni medallas para desempañar algunas funciones. Se refería a las gestiones paralelas de Olazagasti en Venezuela como reemplazante del otrora todopoderoso Claudio Uberti.
Ya es raro que el ministerio de De Vido se ocupe de asuntos comerciales con Venezuela cuando existen una Cancillería, un Ministerio de la Producción y otro de Economía. Pero este último argumento es más extraño aún: ¿qué hacen los funcionarios formales de su cartera si las misiones específicas las puede cumplir cualquiera en medio de la informalidad?
Todas esas preguntas interpelan a un gobierno sin respuestas, condenado a vivir cada vez con márgenes más estrechos de poder y confinado al recurso último de ultrajar y ofender. Recurso que nunca sirvió de nada.
 
Por primera vez, el Gobierno perdió la iniciativa
Mariano Grondona 4 de julio de 2010
.Tanto en la política como en la guerra, el bando que se asegura la iniciativa , si bien aún no ha ganado, lleva las de ganar porque reduce a su adversario a la fatigosa tarea de defenderse, mientras él elige cuándo y por dónde atacará. En la guerra, el ejército que toma la iniciativa puede escoger el teatro de operaciones que más le convenga. En la política, el que se anticipa arrincona a su rival, a ansioso por no saber cuál será la próxima embestida. Sea cual sea la confrontación, lo que tiene que obtener el que piensa ganar es, por lo pronto, el poder de iniciativa.
En las elecciones parlamentarias del 28 de junio, la oposición consiguió una victoria que le llegó inesperadamente porque no estaba preparada para ella. Por eso no atinó a explotar de inmediato su triunfo y dejó en manos del incansable Kirchner el poder de iniciativa. Ni lerdo ni perezoso, éste lanzó entonces una serie de ataques dentro y fuera del Congreso, algunos de ellos legítimos y otros no, que redujeron a sus rivales a la defensiva. Durante un año entero, mientras Kirchner esgrimía su inclemente espada, la oposición utilizaba solamente su tímido escudo. Los argentinos se encontraron por ello ante la sorpresa de que, en tanto el perdedor del 28 de junio parecía estar ganando a partir de esta fecha, sus vencedores de hace un año parecían estar perdiendo y hasta la opinión pública reflejó hasta cierto punto este giro inesperado porque, según las estadísticas más confiables, en tanto que la oposición ha descendido del 75 por ciento que había logrado al 60 por ciento actual, el kirchnerismo ha escalado a un modesto pero significativo 30 por ciento. Ante esta nueva encrucijada, a los rivales de Kirchner les quedaban dos opciones. Una, seguir atados al escudo. La otra, desenvainar la espada en demanda del poder de iniciativa para poner al kirchnerismo, por primera vez, a la defensiva. Diversos indicios permiten preguntarse, ahora, si no lo estarán logrando.
 
La contraofensiva
En busca de esta última opción, la oposición está tratando de prevalecer en una serie de escaramuzas que hoy se libran en el Congreso, como la reforma del Consejo de la Magistratura para devolverles a los jueces su independencia, la refundación de un Indec que resulte creíble, la anulación de los "superpoderes" mediante los cuales el Gobierno manipuló a su antojo las partidas presupuestarias para sojuzgar a las provincias y una investigación a fondo de casos de corrupción a la cabeza de los cuales figuran no sólo las gravísimas denuncias del embajador Sadous sobre la "diplomacia paralela" entre la Argentina y Venezuela que conducía el ministro Julio De Vido, sino también los tenebrosos manejos de la mafia de los medicamentos que salpican a ex funcionarios kirchneristas como Héctor Capaccioli e incluso a sindicalistas como José Zanola y hasta Hugo Moyano, sin olvidar por supuesto a Ricardo Echegaray por manipular la Oncca contra el campo y a Ricardo Jaime, el acorralado ex secretario de Transporte.
A través de estas escaramuzas que libra frente al oficialismo en el Congreso, ¿está articulando la oposición una verdadera contraofensiva para recobrar el "poder de iniciativa"? Cabría dudar todavía de ello porque el Gobierno ha logrado hasta ahora debilitar o al menos demorar la acción de los opositores en el Senado, donde subsiste la paridad de votos entre ambos bandos. Aun si al fin logra vencer en alguna de estas escaramuzas, ¿logrará la oposición alzarse con el poder de iniciativa que hasta hoy ha conservado el Gobierno? Cabe dudarlo porque la suerte de estos combates es aún incierta y, asimismo, porque cada uno de ellos es un combate lateral donde no está en juego la lucha por el poder. Pero hay otro teatro de operaciones donde el combate podría resultar decisivo. Se trata de aquel del cual depende la supervivencia de más de cinco millones de jubilados, de cuyas angustiadas voluntades podría depender nuestro futuro electoral.
 
¿Justicia o demagogia?
Hasta ahora, Kirchner había mantenido su poder de iniciativa imaginando nuevos recursos financieros al servicio del clientelismo oficial mediante la invasión del Banco Central y el apoderamiento de los ingentes recursos de la Anses, supuestamente comprometidos con los jubilados. Cabe anotar aquí que este despojo fue posible en el Congreso porque, guiada por su animadversión ideológica a las cuestionadas AFJP, la oposición de centroizquierda le concedió a Kirchner una inmensa "caja" sin preguntarse primero para qué la utilizaría. Pero ahora la oposición, cayendo en la cuenta de su apresurado infantilismo, quiere corregir su grave error devolviéndole a nuestra clase pasiva lo que nunca había dejado de ser suyo.
En otros asuntos como, por ejemplo, el fondo universal a la niñez, el Gobierno remedió apenas pudo el punto que se había anotado la oposición al apropiarse sin más de una bandera ajena, pero en el caso de las jubilaciones la contraofensiva opositora lo sorprendió, y entonces no encontró otra salida que denunciar la "irresponsabilidad fiscal" de sus rivales. Y fue así como, por primera vez desde hace un año, el kirchnerismo quedó a la defensiva.
¿Cuánta razón le asiste al Gobierno, en todo caso, cuando acusa de demagogia a sus opositores? Más de cuatro millones de jubilados cobran hoy solamente el haber mínimo de 895 pesos mensuales. Nadie podría negar que ésta es una suma injusta, en verdad ridícula, para atender a su subsistencia en estos tiempos de inflación. El proyecto jubilatorio de la oposición llevaría esa suma a 1235 pesos por mes, una remuneración también insuficiente aunque menos irritante. Cuando el kirchnerismo acusa entonces a la oposición de irresponsabilidad fiscal, ésta le responde diciendo que los cuantiosos fondos superavitarios de la Anses se están usando hoy en dirección del clientelismo oficial del cual dependen operadores políticos y "empresarios amigos" por igual.
Esta anomalía requiere dos análisis convergentes. Uno, de tipo moral, apunta al escándalo que entraña dejar sumido en la pobreza a un amplio sector de la población, subrayando de paso el hecho de que, en tanto que democracias responsables como las de Chile, Uruguay y Brasil están reduciendo de una manera sistemática las cifras de la pobreza, entre nosotros ésta ha vuelto a aumentar quizá porque al populismo le conviene mantener en la pobreza y en una insuficiente educación a eventuales votantes. El otro análisis, de tipo político, nos dice además que por primera vez el gobierno habitualmente "madrugador" de Kirchner ha sido "madrugado" por la oposición. ¿Cómo no advirtió este peligro el ex presidente? ¿Cómo no anticipó que la oposición podría desbordarlo en esta oportunidad no ya desde la derecha que él detesta, sino desde la izquierda, que él siempre quiso monopolizar?
Pero esta contraofensiva "social" de la oposición sobre el Gobierno, ¿no es en realidad "demagógica"? El costo de la clase pasiva aumenta en todo el mundo debido a un hecho en sí positivo: la longevidad de la población. Pero una sociedad bien ordenada debe encontrar el camino que lleve, mediante medidas responsables, a la justicia social. En la medida en que sirva al objetivo irrenunciable de reducir la pobreza, todo gobierno auténticamente democrático debiera evitar que los fondos sociales se desvíen en beneficio de "amigos" y clientes. A través del proyecto jubilatorio, la oposición está al borde de lograr lo que hasta ayer parecía imposible: poner contra las cuerdas a un gobierno que se autoproclama "popular".
 
La corrupción y la censura
Joaquín Morales Solá Domingo 4 de julio de 2010 |
No sólo un ex embajador en Caracas denunció formalmente en la administración la existencia de una diplomacia paralela con Venezuela. No sólo hubo, y hay, una embajada paralela con el país de Hugo Chávez, sino también una cancillería paralela. No fue Jorge Taiana el único canciller kirchnerista que debió convivir, hasta que lo despidieron, con esas anomalías. Las revelaciones sobre la extraña relación con Venezuela, que esquivó siempre todas las instancias formales e institucionales argentinas, desquiciaron en los últimos días a la jerarquía gobernante. Néstor está fuera de sí , confiesa uno de sus pocos interlocutores asiduos.
Una deducción parece inevitable. Los gobernantes saben que detrás de todas las filtraciones que existen hay cosas que valen mucho más que lo que parecen. Las nuevas revelaciones, y las que eventualmente vendrán, podrían ser letales para el futuro político de los Kirchner. Eso explica también que la declaración ante una comisión parlamentaria del ex embajador en Caracas Eduardo Sadous haya provocado un combate propio del final de una guerra.
Sadous comentó con valentía lo que había oído, pero carece de pruebas concretas. Fue el Gobierno el que convirtió al diplomático, con su sobreactuación, en un héroe de la honestidad en amplios núcleos sociales del antikirchnerismo. El problema ahora es que un subsecretario de la Cancillería, Eduardo Sigal, un funcionario político de indudable cercanía con el kirchnerismo, escribió cables internos con planteos parecidos a los de Sadous. Sigal se abrazó a Kirchner cuando Kirchner no era nada, nunca se desencantó de los Kirchner y su historia política personal lo llevó siempre a comprender con más generosidad el régimen de Chávez. Pero es un hombre decente.
Los cables de Sigal son parecidos, no idénticos, a los de Sadous. En tanto que el ex embajador contó que recibió denuncias concretas de empresarios a los que les pidieron sobornos, Sigal menciona sólo la existencia de dos estándares de empresas argentinas con intereses en Venezuela: las protegidas por el ministro Julio De Vido y las expulsadas de los negocios por el mismo funcionario argentino. Lo que Sigal desliza de manera implícita es mucho más importante que lo que denuncia rotundamente.
Sadous estuvo contando lo que vio y oyó hace cinco años; el último cable de Sigal, en cambio, salió de su despacho en días muy recientes, cuando ya era canciller Héctor Timerman. En la lista de empresas confeccionada por el subsecretario figuran empresas de conocido cuño kirchnerista, como Electroingeniería, que en los últimos años tuvo un crecimiento exponencial empujada por los favores de los Kirchner, a través de De Vido.
Por lo que se ve, ni Rafael Bielsa ni Taiana ni ahora Timerman son los cancilleres reales de la Argentina en los asuntos de Venezuela; ellos administraron y administran sólo la formalidad. El canciller real de Kirchner ante Chávez es, y fue siempre, De Vido. Los cables de Sigal son ilustrativos cuando señalan que hubo una "reunión paralela" a las diplomáticas, con empresarios, por parte de un secretario privado del ministro de Planificación en un pomposo encuentro bilateral entre ambos gobiernos. Ese secretario privado está involucrado también en el caso de Antonini Wilson y su valija voladora con 800.000 dólares insondables, que los jueces argentinos nunca pudieron esclarecer.
A la vieja certeza de que existe una embajada paralela con Venezuela (dedicada sólo a las cuestiones del dinero), se le sumó ahora la constatación de que también hubo, y hay, reuniones paralelas impulsadas por el ministro de más confianza personal de Kirchner. De Vido es el ministro que maneja más recursos del presupuesto nacional y el único con trato cotidiano con los empresarios amigos de su gobierno. También con los que no son tan amigos.
Durante los últimos cinco años, existió esa relación sombría y furtiva con Venezuela, en la que lo importante está siempre fuera del escenario público. Las cosas trascendentales que suceden entre ambos gobiernos se escurren detrás de los telones, en la absoluta informalidad. No obstante, la relación comercial del país caribeño con la Argentina tiene mucha menor intensidad que la enhebrada por Buenos Aires con Brasil o con Chile, por ejemplo. Sin embargo, con Brasilia o con Santiago prevalecieron nada más que las vías institucionales y diplomáticas.
¿Por qué aquella opacidad con Caracas? Un férreo colador argentino-venezolano les abre las puertas a las empresas amigas y deja afuera a las empresas enemigas. Además, se importaron de Venezuela en los últimos años cerca de 2000 millones de dólares en fueloil de mala calidad que la Argentina no necesitaba, según la denuncia de ocho ex subsecretarios de Energía. También la Argentina le pagó a Venezuela intereses satelitales por créditos que cualquier organismo internacional hubiera reducido a sólo una tercera parte. Varios y presuntos actos de corrupción en la administración (entre los que debe incluirse el eventual lavado de dinero de la última campaña presidencial del oficialismo, que se ventila en la Justicia) comienzan a aparecer en las mediciones de opinión pública como una seria preocupación social.
Kirchner tiene ahora el ánimo de un boxeador contra las cuerdas. A pesar de las apariencias que el kirchnerismo construye como un orfebre, lo cierto es que el oficialismo ingresó en un período de debilidad institucional. Los escándalos por presunta insensibilidad moral se superponen con los avances del Congreso para quitarle al Ejecutivo los enormes márgenes de discrecionalidad con que gobernó.
Dos decisiones recientes del Parlamento tienen especial importancia para limitar la arbitrariedad. Una de ellas es la decisión unánime de los opositores de negarles una prórroga a las facultades que el Congreso fue delegando en el Ejecutivo. Esas delegaciones vencerán a fines de este mes y no habrá una nueva moratoria.
El Gobierno tendrá problemas hacia adelante y hacia atrás. El Congreso no aprobó desde 2006 ninguna de las decisiones del Ejecutivo respaldadas en esas facultades delegadas. Deberá hacerlo ahora. En estos años gobernaron sólo los dos Kirchner, Néstor o Cristina, que podrían quedarse en adelante sin la posibilidad, por ejemplo, de fijarles retenciones a las exportaciones. Estas facultades volverán al Congreso. Las retenciones a las exportaciones de soja, por caso, fueron la gran batalla política perdida por los Kirchner en 2008 y la antesala de la derrota electoral de 2009. Las heridas abiertas con el ruralismo no se suturaron nunca.
La otra decisión importante del Congreso fue la constitución de la comisión bicameral de seguimiento de la ex SIDE, el espionaje oficial que funciona exclusivamente al servicio del matrimonio gobernante. Esa comisión existió siempre, pero con una mayoría dormida por el kirchnerismo. Ahora fue integrada con mayoría opositora, con quórum opositor propio y con su presidencia en manos de la oposición, que recayó en manos de un peronista disidente.
La ex SIDE es uno de los brazos decisivos de los Kirchner para el financiamiento de las fuerzas de choque oficialista, para el seguimiento y la intervención telefónica de políticos, empresarios y periodistas, y para el control de muchos jueces que manejan investigaciones cruciales. En las últimas semanas, altos funcionarios de la ex SIDE trabajaron intensamente para buscar cualquier trazo viejo que inculpara a los dueños privados de Papel Prensa, la mayor empresa argentina fabricante de papel para diarios. Vieron a funcionarios, a ex funcionarios y a empresarios que tuvieron alguna vinculación con esa empresa.
La Justicia está frenando muchas arbitrariedades administrativas que se cometieron contra Papel Prensa en meses recientes. Durante casi 27 años de democracia, los herederos de la familia Graiver nunca pidieron ninguna reparación por esa empresa, que ellos vendieron a sus actuales dueños en una operación normal. El propio Estado fue socio de Papel Prensa durante ese cuarto de siglo y nunca cuestionó la compra original ni el correcto funcionamiento de la empresa. Ante tantas evidencias y ante tantas carencias, el espionaje oficial está revolviendo en improbables letrinas.
La estrategia tiene las facciones claramente kirchneristas: presionar a los diarios para que las cosas oscuras de los gobernantes sigan existiendo, protegidas por las tinieblas de la censura.

 Frente al transgresor
Por Mariano Grondona
Especial para lanacion.com Jueves 1 de julio de 2010
.La convivencia política republicana supone el respeto de ciertas reglas, de ciertas formas, por parte de todos los adversarios. ¿Qué debe hacer, empero, el adversario cumplidor cuando su rival es un transgresor no ya "ocasional" sino "sistemático"? ¿Debe imitarlo para jugar en el mismo terreno que él o debe mantenerse fiel a sus creencias republicanas?
¿Sería excesivo sostener, en este sentido, que el matrimonio gobernante es un trasgresor sistemático de las normas republicanas? No destina los cuantiosos fondos del Anses en favor de los sufridos jubilados, sino en dirección de sus propios fines proselitistas. Ahora pide que el inquietante informe del ex embajador Eduardo Sadous al Congreso sobre la corrupción paralela de los gobiernos de Venezuela y la Argentina ya no sea "secreto", como se había convenido, sino "público". La Presidenta entró en una polémica inusual con el presidente francés Sarkozy en los foros internacionales, contraviniendo los usos habituales de la diplomacia. Cuando precandidatos como Duhalde y Solá se quisieron manifestar, el Gobierno les envió "barrabravas". Estos son los ejemplos más recientes, pero no por cierto los únicos, del comportamiento político irregular del matrimonio gobernante. ¿Cómo deberían conducirse frente a él sus opositores?
Aquellos que se sientan alrededor de una mesa de cartas donde grandes sumas están en juego, advierten que uno de los jugadores hace trampas. En tal caso, enfrentan un dilema. Si insisten en no hacer trampas, podrían perder. Pero si resuelven imitar al transgresor, hacen trampas y, como consecuencia, ganan, ¿cuál sería el valor moral de su victoria?
Si los opositores insisten en acatar las formas de la convivencia civilizada, ¿no corren acaso del peligro de que la sociedad, que observa el juego, los considere ingenuos en un país como el nuestro, donde ha cundido el culto a la viveza criolla? Así planteado, el dilema suscita a su vez esta otra pregunta: nuestra sociedad, que mira atenta al desempeño de los competidores por el poder, ¿cómo reaccionará finalmente ante estas dos conductas en contraste? Gracias a sus "trampas", los Kirchner ganan batallas en el Congreso y en la calle. ¿Ganarán por eso la guerra que culminará en la decisiva jornada electoral de octubre de 2011? ¿O cada victoria "tramposa" del Gobierno aumenta, al contrario, su actual desprestigio? Decía Borges que "el coraje siempre es mejor". ¿Lo es también la coherencia republicana? Si los opositores insisten en resistir la tentación de la trampa, salvarán sus conciencias. ¿Ganarán, además, la guerra? En una sociedad que hace justo un año adhirió a la ética republicana, apostar a los principios quizás no sea después de todo una mala decisión, no sólo en sí misma sino también en dirección de la plenitud democrática.

 La política de la irritación perpetua
Joaquín Morales Solá
LA NACION 30 de junio de 2010.
Algunos políticos (incluidos ciertos peronistas) se preguntan si los Kirchner no están buscando algo más que lo que aparece a simple vista.
¿Por qué decidieron pelearse hasta el agravio con Francia cuando ya las cosas no están bien con China ni con el resto de Europa? ¿Por qué negarle al Congreso el derecho a saber lo que sucede en medio de un escándalo de presunta corrupción? ¿Por qué perseguir a los opositores hasta el extremo de impedirle un acto político corriente a Felipe Solá? ¿Por qué en el discurso oficial prevalecen más los medios periodísticos como referentes opositores que los naturales opositores políticos?
Esos interrogantes encierran, a su vez, un misterio. La estela de irritación que deja detrás de sí el matrimonio presidencial eclipsó las conquistas, pequeñas o grandes, definitivas o coyunturales, que el Gobierno alcanzó en los últimos tiempos. Una batahola nueva dentro de un desbarajuste viejo sacó del primer plano noticias relevantes como la liberación del puente que une Gualeguaychú con Fray Bentos o el final del canje de la deuda en default desde hace casi nueve años. Lo del puente es un paréntesis, por ahora, y todavía resta un monto importante de deuda en default, pero cualquier progreso es mejor que la desidia de la derrota.
Las palabras de un embajador pudieron más, con todo, que el resultado de esos esfuerzos. Para peor, Eduardo Sadous no dijo en el Congreso mucho más que lo que ya le había confesado al juez Julián Ercolini. ¿Fue grave la declaración del ex embajador en Caracas? Lo fue, porque describió con palabras precisas lo que se ciñó durante mucho tiempo a una sensación generalizada: la relación de los Kirchner con Hugo Chávez no fue nunca transparente ni institucional. Valijas voladoras y dineros sin dueños se mezclaron en medio de esos trastos opacos.
La disputa por si hubo -o no- una "embajada paralela" en Caracas es innecesaria e irrelevante. La hubo. Sadous denunció que se enteraba por amigos venezolanos de las visitas furtivas a Venezuela de Claudio Uberti y del propio ministro Julio De Vido. Escándalo en el Gobierno. Son inventos de la prensa, dijeron. Pero, ¿cómo explica el oficialismo que en el largo proceso de sospechas sobre negocios turbios con el chavismo nunca se hayan mencionado los nombres de las dos embajadoras formales que sucedieron a Sadous, Nilda Garré y Alicia Castro? Ellas tampoco administraban los asuntos confiados a manos más amigas de kirchneristas puros. Seguramente Garré y Castro vivieron los mismos desplantes que sufrió Sadous; sólo es diferente el compromiso político con el kirchnerismo de las dos embajadoras sucesivas, que Sadous no lo tiene.
Razonablemente incapaz de destruir la evidencia, el Gobierno comenzó la tarea de demolición que mejor sabe hacer. Carlos Kunkel lo ametralló a Sadous en el Congreso con preguntas de descalificación; ninguna tuvo nada que ver con el centro del conflicto. De Vido lo acusó de ser un diplomático que se distraía "entre copetín y copetín". Vieja acusación de la política al cuerpo diplomático, que es uno de los pocos sectores del Estado argentino que conservó un grado de profesionalismo comparable con los estándares internacionales. Los Kirchner han usado aquel pretexto para ocupar las embajadas más importantes del mundo dando premios, castigos o exilios encubiertos.
¿Por qué semejante escándalo por la declaración de Sadous? Basta leer cualquier diario de los principales países del mundo para saber que las investigaciones legislativas existen y que el Poder Ejecutivo no tiene otra alternativa que acatar sus decisiones. La "confidencialidad" de los asuntos del Estado se refiere a su conocimiento público, pero no incluye al Parlamento, que es un brazo del Estado tan legítimo como el Ejecutivo.
¿Qué convirtió a Nicolas Sarkozy de amigo en enemigo de los Kirchner? El jefe del Estado francés conoció a Cristina Kirchner mucho antes de que ambos llegaran a la presidencia de sus países; la actual mandataria argentina quedó deslumbrada por la vocación de poder que descubrió en el entonces ministro de Jacques Chirac. Sarkozy la recibió luego, cuando ya los dos eran presidentes, y Cristina se entusiasmó con una relación privilegiada con París. El obstáculo fue la deuda en default con el llamado Club de París (que nada tiene que ver con París), porque Europa está fastidiada por la larga indiferencia argentina hacia esos compromisos caídos.
Quizá sólo sucedió que la Presidenta no encontró en Toronto otro motivo para sobresalir que un entredicho público con Sarkozy. Las diferencias de opiniones, muy duras a veces, son habituales entre los presidentes que gobiernan un mundo en crisis. No es ése el problema. El conflicto ocurre cuando es un jefe de Estado el que se encarga de hacer públicas las discrepancias y cuando, encima, su gobierno cava luego en la discordia con acusaciones agraviantes. ¿Qué respalda la imputación de que Sarkozy no defendió un punto de vista propio y legítimo, sino los intereses de los bancos franceses? ¿Por qué Cristina debe ser una heroína mientras Sarkozy es sólo un calculador? ¿Por qué hablar en esos términos de un presidente europeo cuando Europa está enojada con la Argentina por su constante violación de las normas internacionales del comercio y por su permanente olvido de la palabra dada?
El grado de estrés de la política argentina es, dentro y fuera del país, enormemente alto. El episodio que vivió Felipe Solá en San Nicolás fue sólo la versión corregida y mejorada de otros episodios que ya tuvieron como victimas desde Eduardo Duhalde hasta Ricardo López Murphy, pasando por Elisa Carrió y Julio Cobos. Un poco de violencia es siempre oportuna para el kirchnerismo. La intención no es amedrentarlos a esos dirigentes, porque no lo conseguirán, sino a eventuales simpatizantes para que piensen dos veces antes de ir a futuros actos de adversarios. El garrote para los políticos opositores y las palabras ofensivas para los periodistas y los medios periodísticos.
¿Qué tiempo le queda a la política y a la sociedad para deshilvanar las buenas cosas que también pasan? ¿Quién pierde con esa falta de tiempo si no el propio gobierno? La irritación perpetua es veneno para los serenos sectores medios de la sociedad, los mismos que el kirchnerismo trata vanamente de seducir. Pero nadie es seducido con eventuales mercancías a cambio de perder el sosiego de la vida.
CAPACCIOLI DISFRUTA DEL MUNDIAL EN SUDAFRICA
El ex superintendente de Servicios de Salud y recaudador de la campaña kirchnerista Héctor Capaccioli, a quien el juez Norberto Oyarbide aún no llamó a declarar como sospechoso en el caso de los medicamentos a pesar de la orden de la Cámara Federal, pasea estos días por Sudáfrica siguiendo al seleccionado argentino de fútbol. Dice estar "tranquilo". Conversó con un enviado de la agencia DyN cuando el ex funcionario salía, ayer al mediodía, del Museo Nelson Mandela, de Soweto. "Estoy tranquilo. ¿Ves?, estoy acá", dijo sonriente mientras comía una hamburguesa frente a la casa que ocupó Mandela, informó la agencia de noticias

Abogados presidentes y decadencia económica
Por Roberto Cachanosky
Especial para lanacion.com Viernes 25 de junio de 2010
En una interesante nota que ayer publicó en este sitio, Orlando Ferreres proporciona un dato muy interesante sobre los presidentes argentinos: desde 1810, 29 de ellos fueron abogados y desde 1983 todos lo fueron. Alfonsín, Menem, De la Rúa, Rodríguez Saa, Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Kirchner. Este último dato es particularmente interesante porque desde el punto de vista económico a los argentinos no nos ha ido bien. Por el contrario, se aceleró la decadencia económica utilizando cualquier indicador que uno use.
Ahora bien, el dato me anima a formular un punto adicional al que plantea Ferreres, quien acertadamente se pregunta si los presidentes que hemos tenido se han preparado adecuadamente para el cargo. El punto adicional es que siendo todos ellos abogados, el principal problema económico argentino ha sido consecuencia de la ausencia de un marco institucional adecuado para el crecimiento económico. Es curioso que al haber tantos presidentes abogados, uno de nuestros problemas fundamental sea el de la baja calidad en el respeto por los derechos de propiedad, la ausencia de estabilidad en las normas de juego y la falta de límites al Ejecutivo para que no pueda cambiar esas reglas de juego que deben ser estables en el tiempo.
Hoy la mayoría de los economistas sabemos que existe toda una corriente de pensamiento económico denominada la "Economía y las instituciones" o la "Economía Constitucional". Ya Hayek había avanzado mucho en este tema cuando escribió Camino de servidumbre, luego The Constitution of Liberty y posteriormente Derecho, Legislación y Libertad . Pero también Mancur Olson, Douglas North y muchos más advirtieron que para explicar por qué crecen los países tenían que sumergirse en el contexto institucional en que se desenvuelven. Justamente Mancur Olson tiene un libro muy interesante sobre por qué crecen los países que se titula Auge y decadencia de las naciones, donde explora el comportamiento institucional y su impacto en el crecimiento de la economía.
El crecimiento de Occidente no se dio por casualidad sino que fue la constante limitación al poder de las monarquías el factor determinante que permitió generar un marco de certeza sobre las reglas de juego. Primero vino el orden jurídico estable y luego la prosperidad.
Por el contrario, los argentinos, teniendo tantos abogados como presidentes, y esto dicho con todo respeto a esa profesión, no hemos logrado limitar el poder del Estado de manera que los presidentes se subordinen al orden jurídico y al Estado de derecho.
Justamente en este momento se está discutiendo la suspensión de los superpoderes y políticos oficialistas con título de abogados argumentan que la Presidenta tiene que vetar esa ley porque si no es imposible gobernar. Es decir, abogados defienden los superpoderes y consideran que un gobierno no puede administrar eficientemente un país si no dispone de poderes propios de los sistemas autoritarios. Es curiosa la visión que tienen algunos abogados del estado de derecho y su escaso respeto por la democracia republicana. Muchos creen que todo el sistema se limita a ir a votar cada cuatro años un presidente para que luego éste actúe como los sistemas autoritarios o las monarquías, tema que ya trató Karl Popper en su famoso tratado La sociedad abierta y sus enemigos. Es decir, Popper advierte sobre aquellos personajes con inclinaciones autoritarias que usan la democracia para llegar al poder y luego ir destruyéndola hasta transformar el país en una autocracia. En su momento fue Hitler, hoy tenemos a Chávez.
Lo concreto es que a mayor inseguridad jurídica menor cantidad de inversiones. A menores inversiones, salarios reales más bajos y puestos de trabajo en menor cantidad. Es decir, a menor seguridad jurídica, más pobreza y bajas posibilidades de crecimiento.
No me animaría a decir que la causa de nuestra larga decadencia sea culpa de los abogados, pero sí llama la atención que, como lo hace notar Orlando Ferreres, esa decadencia económica se produzca desde 1983 cuando todos los presidentes fueron abogados, período en el cual la ausencia de un orden jurídico previsible ha dominado el contexto del país. Las confiscaciones de ahorros, arbitrarias redistribuciones patrimoniales y de ingresos, sistemas impositivos confiscatorios y caprichosos, atribuciones del ente recaudador que viola derechos elementales y un largo listado de comportamientos antirrepublicanos se han dado bajo gobiernos con presidentes abogados.
Finalmente, me animaría a formular una autocrítica a mi profesión de economista. También es cierto que muchos economistas han llegado en estos años al poder y aceptando el argumento del "no es políticamente posible" han armado planes económicos inconsistentes que estaban destinados al fracaso. Es decir, los economistas terminaron asesorando a los presidentes de la misma forma que estos hubiesen actuado si no hubiesen tenido como asesores a algunos economistas.
 
Tal vez habría que explorar la posibilidad de establecer políticas públicas de largo plazo que nos permitan crecer en base a estudios interdisciplinarios en que abogados, economistas, filósofos, historiadores, cientistas políticos y educadores, por citar algunos casos, puedan establecer un orden institucional consistente. La economía no es un compartimento estanco del derecho, del orden político y de la cultura que impera en una sociedad. Si bien hay reglas económicas que no pueden violarse impunemente sin luego pagar los costos, también es válido preguntarse por qué la sociedad termina apoyando sistemas populistas que desprecian el estado de derecho, base fundamental del crecimiento económico.
Por dar otro ejemplo, ¿puede la Argentina llegar a tener competitividad sin un sistema educativo que permita asumir el desafío de los cambios tecnológicos a los cuales estamos asistiendo y a la integración económica mundial que cada vez toma más envergadura?
En definitiva, nuestra larga decadencia económica no es fruto solamente de gruesos errores en esta materia, sino que tenemos que poder explicar porqué cometimos esos errores. Y al tratar de explicarlos es que descubriremos que necesitamos relacionar nuestra decadencia económica con las disciplinas anteriormente citadas, tema sobre el cual me ha hecho ver con mayor claridad otra excelente pluma de este diario como lo es Santiago Kovadloff.
Buscar la salida sólo sobre la ciencia económica nos conducirá a otro fracaso. Pensar el país en forma integral, digo interdisciplinariamente, podría volver a ponernos en la senda del crecimiento que, mal que le pese al populismo imperante de hoy, fue lo que hizo la generación del 80 gracias al apoyo intelectual de la generación del 37.
 
La profesión de nuestros presidentes
Por Orlando Ferreres  Especial para lanacion.com .
Desde 1810 hasta ahora hemos tenido 69 Presidentes o posiciones equivalentes (1). Considerando los segundos y terceros mandatos de algunos de ellos tenemos 76 períodos presidenciales, o sea un mandato promedio de 2 años y 7 meses, escaso tiempo como para completar un proyecto de país. Además de ser corto el período promedio de permanencia en la Presidencia ¿tuvieron ellos una preparación adecuada para el cargo?
 
Lo único que podemos responder a esta pregunta es cuál era su profesión. La mayoría de nuestros presidentes, 30 de 69 fueron militares, todos del Ejercito y casi igual proporción, 28, fueron abogados. Demasiados militares y abogados. Esta fue la preparación básica de nuestros primeros mandatarios. Creemos que la preparación del presidente debería ser intensa, según las preocupaciones básicas de cada momento aunque pueda haber, excepcionalmente, personas que tomen buenas decisiones sin preparación. ¿Fue adecuada la preparación de nuestros presidentes? En realidad, fue muy sesgada dicha preparación e incluso hubo algunos sin ninguna profesión ni preparación para el cargo. Esto se notó en nuestro atraso relativo, especialmente en el siglo XX.
¿Podemos medir la eficiencia de los gobiernos a lo largo del tiempo como un indicio para saber si estaban preparados los presidentes que ejercieron en cada período? Es polémico, pero lo podemos hacer en base a los resultados. Un segundo aspecto polémico es determinar cuáles variables son las relevantes para establecerse los resultados. Vamos a optar por una variable, el número de pobres en relación a la población total, aunque puede haber otras variables, como el ingreso per cápita, el porcentaje de inversión sobre el tamaño de la economía, la seguridad, el grado de transparencia en las decisiones, la calidad de la educación medida por organismos internacionales y otras.
Desde el advenimiento de la democracia en 1983 hasta ahora la pobreza ha crecido significativamente, de cerca del 5 % hasta alrededor de 35 % en la actualidad, con picos que llegaron al 56% de la población en 2002.
Abogados. Este sería el resumen de los resultados de un país, si crece la pobreza estructural, la pobreza como tendencia, vamos mal. En este período también se observa una constante: desde 1983 hasta ahora todos los presidentes fueron abogados: Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rua, Adolfo Rodríguez Saa, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Kirchner. No hubo ningún ingeniero, ningún economista, ningún licenciado en administración o en relaciones internacionales, todos abogados.
Podemos discutir si es mejor una profesión que otra para presidente, lo que no podemos discutir es que deben estar preparados, tanto en el conocimiento de las tendencias internacionales, los negocios y su probable evolución futura, los equilibrios macroeconómicos, las restricciones de los recursos locales y cómo superarlas, las normas y como cumplirlas mejor, la educación del futuro, el ejemplo que todos deben dar , las ciencias y su importancia creciente, las creencias y la religión con su impacto efectivo en el comportamiento de un país.
Tanto deberían saber los presidentes que prácticamente deberían estar preparándose toda la vida para ese cargo. Sin embargo, deben estar durante muchos años tejiendo alianzas, trenzando con unos y con otros, saludando personalmente a unas 200.000 personas, compitiendo en internas que son muy difíciles, y con todo eso prácticamente no tienen tiempo para prepararse y si se preparan, no llegan a presidente, pues la población no los conoce. Este es el drama de la democracia, y no sólo aquí, en casi todos los países, llegan los más arriesgados, los más "políticos", pero no los mejor preparados. Uno de nuestros presidentes recientes al viajar al exterior recién percibió "que el mundo había cambiado enormemente" y sobre todo, comprobó nuestro atraso y localismo exasperantes.
Debemos encontrar la manera de poder elegir presidentes preparados para el cargo. Quizá debería la Corte Suprema definir mejor el concepto de "idoneidad" que figura en la Constitución y determinar si es aplicable a la primera magistratura. A todos aquellos que no tienen nada o casi nada de preparación, pero que están siempre en "política" esta idea no les va a gustar, se van a enojar, pues ellos quedarían afuera, probablemente digan que es discriminación, que lo que interesa es lo que la gente vota, con tal de que el ciudadano a ser elegido cumpla con el requisito de la Constitución de " tener 30 años y haber nacido en el territorio argentino o ser hijo de ciudadano nativo si han nacido en país extranjero".Mientras tanto, sigamos declinando nomás.
(1) Dado que en algunos años anteriores a la organización nacional, los gobernadores de la Pcia de Buenos Aires ostentaban la representación del país, al menos en lo que a relaciones diplomáticas se refiere, los hemos considerado en esos años como primer magistrado
 
Argentina 2011: más de 800 partidos, 20 precandidatos y ningún proyecto
Por Orlando Ferreres Especial para lanacion.com Martes 15 de junio de 2010 |
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El futuro de un país depende de su estrategia, es decir, saber a dónde ir y cómo llegar. Por eso es que el proyecto de país es fundamental, aunque también lo es la implementación, y ésta depende mucho de las personas. Aunque el proyecto sea bueno, muchas veces fracasa porque hay mala praxis, porque las personas no están bien preparadas para llevarlo a cabo. Si el proyecto de país está estudiado, no sólo en los aspectos económicos, sino en un todo coherente, si los partidos políticos lo discuten como polea de transmisión entre los que lo piensan y la población y si los hombres que lo van a implementar son seguros y experimentados se genera esa confianza en el futuro que mueve montañas, y el país avanza. ¿Cómo estamos en materia de personas, partidos y proyecto teniendo en vista las elecciones de 2011?
Personas. Para el llamado a elecciones presidenciales faltan 12 meses (si las mismas no se adelantaran) y un poco más para votar en 2011. A esta altura hay muchos precandidatos, aunque algunos nieguen que lo sean. En los de orientación Frente para la Victoria, Justicialistas con distinto grado de posibilidades, tenemos a Néstor o Cristina Kirchner, Juan Manuel Urtubey, Daniel Scioli, Jorge Capitanich; en el peronismo disidente a Eduardo Duhalde, Alberto Rodriguez Saa, Mario Das Neves, Carlos Reutemann, Felipe Solá, Francisco de Narváez y otros no clasificables fácilmente como Carlos Menem, Hugo Moyano, José Manuel de la Sota y uno independiente cercano como Mauricio Macri. En el radicalismo aparecen Ricardo Alfonsín, Julio Cobos, Ernesto Sanz y, cercana pero independiente, Elisa Carrió. En los que pueden ser socialistas tenemos a Pino Solanas, Hermes Binner, y algunos más que siempre reaparecen por los agrupamientos más chicos. Muchas personas que desean ser presidente aunque muy pocas con una imagen como la que en su momento tenía Arturo Frondizi, un estadista.
Partidos. Por el lado de los partidos, de acuerdo a estadísticas del 21 de diciembre de 2008 de la Cámara Nacional Electoral, tenemos 33 partidos nacionales y 271 partidos provinciales distintos de aquellos. Además hay un conjunto difícil de determinar pero se calcula en 500 el número de partidos vecinalistas. Esto hace un total de 804 partidos políticos en la Argentina. Es evidente que no puede haber 804 ideas distintas sobre el país. Esta enorme fragmentación sólo refleja estrategias personales o de grupo para llegar al poder en base a objetivos alejados del interés general en la mayoría de los casos, aunque no en todos.
Proyecto. En cuanto al proyecto país, no tenemos nada o casi nada. Todo es un análisis de personas, una adivinanza acerca de quién podría llegar y una apuesta acerca de lo que ese precandidato podría hacer en el caso de que llegara a triunfar. Falta lo más importante, qué proyecto vamos a votar, no qué persona vamos a votar sin tener muy claro lo que va a hacer. Las ideas a defender son la clave de los proyectos de país.
¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué hay tan pocas ideas? Con las encuestas, se tiene una noción sobre las principales preocupaciones de la población y eso es lo que todos dicen en las campañas. Por eso es que las mismas son bastantes parecidas y los candidatos se diferencian no por sus ideas sino por otras cosas, por ejemplo dejándose crecer unas patillas largas, o haciéndose un tatuaje exótico, o alzando las dos manos juntas, o recitando el preámbulo de la Constitución o cosas así. Por el Theorem of the Median Voter, en ciertas condiciones, si el político fija sus ideas lo mas próximo posible al votante medio, o sea a la idea más aceptada entre los votantes, la mediana, entonces él puede maximizar la cantidad de votos obtenidos. En teoría de los juegos, esta estrategia es un "equilibrio de Nash".
No hace falta ir a las publicaciones de Duncan Black, A. Downs o R. McKelvey, para entender esto ya que Juan Domingo Perón lo había adelantado en 1947 de otra manera: "No se puede hacer un movimiento político triunfador en la actualidad, en base a la exclusión", es decir basado en ideas definidas, pues éstas excluyen a muchos que no piensan de esa manera. "Lo nuestro es más que un partido, es un movimiento nacional". En otras palabras, es una maquinaria para ganar la elección, llegar al poder. El problema viene después. Por eso que los partidos son confusos en sus ideas, para sumar más votos. Pero lo peor es que tampoco para adentro del partido estudian en profundidad los distintos temas y sus soluciones.
En resumen. Tenemos más de ochocientos partidos más de 20 precandidatos para dirigir el país y ningún proyecto para ejecutar. Hay maquinarias y estrategias para llegar al poder, pero no hay estadistas ni planeamiento de hacia dónde ir con el país ni cómo llegar a ese destino. Tenemos que evitar caer en la improvisación una vez más. Tenemos que pedir más definiciones de los políticos sobre temas importantes, que nos digan al menos quiénes serán los ministros, lo que define mucho más las estrategias, como ya ocurre en algunos países. No sea que terminemos votando en contra de alguien, como siempre, en vez de la lógica de elegir lo mejor.

Desde el kirchnerismo, alientan un veto a la limitación de los superpoderes
"Son absolutamente necesarios", dijo la diputada Conti; el proyecto aún debe ser debatido en el Senado, donde ni el oficialismo ni la oposición tienen los votos asegurados
Noticias de Política: anterior | siguiente Jueves 24 de junio de 2010.
La oposición logró imponerse ayer en Diputados
 El kirchnerismo no perdió tiempo para marcar la cancha. Pocas horas después de que la Cámara de Diputados aprobara un proyecto para derogar los llamados "superpoderes presupuestarios", desde el oficialismo advirtieron que, si la iniciativa pasa con éxito por el Senado, podría ser vetada por la presidenta Cristina Kirchner.
"Claro que lo recomendaría", se apuró a contestar la diputada Diana Conti (Frente para la Victoria-Buenos Aires) cuando le preguntaron si existía la posibilidad de que el Poder Ejecutivo dejara sin efecto la iniciativa que ayer se sancionó en la Cámara baja con el apoyo de los bloques de la oposición.
Enseguida, argumentó en favor de la "necesidad" de sostener la facultad del jefe de Gabinete de reasignar partidas del presupuesto sin autorización del Congreso.
"Es una medida de administración absolutamente necesaria. Lo que no se hace a través del Congreso, lo hace el Poder Ejecutivo a través de instrumentos constitucionales que luego van a la Comisión Permanente de de Trámite Legislativo, donde el Congreso interviene. Luego intervienen ambas camaras", señaló en declaraciones a radio Mega.
La diputada completó: "Los tiempos parlamentarios son distintos a los de la gestión ejecutiva. No tener [superpoderes] dificulta una buena administración. En todos los países del mundo el poder administrador tiene facultades para tomar decisiones per se que luego son revisadas por el Congreso.
De vuelta al Senado. El proyecto de derogación de superpoderes, que se aprobó ayer con 136 votos contra 90, fue apoyado por todos los bloques de la oposición y deja sin efecto la reforma del artículo 37 de la ley de administración financiera, por la que en 2006 se había hecho permanente una facultad a la que los gobiernos acudían desde 1999.
Además, ratifica que cualquier modificación en el destino de una partida presupuestaria debe ser resuelta por el Poder Legislativo.
La iniciativa establece, además, que el Gobierno no podrá asignar sin acuerdo del Congreso los excedentes de recaudación no previstos al momento de la aprobación del presupuesto ni tampoco usar, sin consentimiento parlamentario, recursos de otras fuentes de financiamiento, como el Banco Central o la Anses.
El proyecto pasará ahora al Senado, donde en agosto del año pasado se aprobó, por impulso del oficialismo, una iniciativa que fija un tope del 5 por ciento a la reasignación de recursos del presupuesto. Esa propuesta, con la que insistió ayer el kirchnerismo en Diputados y que emula los límites que existen en el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, se rechazó en la Cámara baja. En el Senado, donde ni el oficialismo ni en la oposición cuentan, a priori, con los votos necesarios para imponerse.
 
De Taiana a Timerman
Por Mariano Grondona
Especial para lanacion.com Jueves 24 de junio de 2010 |
Si algo ha demostrado el súbito reemplazo de Jorge Taiana por Héctor Timerman al frente de la Cancillería es que anotar el contraste entre el kirchnerismo y el antikirchnerismo se ha vuelto insuficiente para describir la frontera que hoy cruza a la política argentina. Ha pasado a ser insuficiente por "reduccionista", ya que entre el "kirchnerismo puro" de los que adhieren incondicionalmente al matrimonio gobernante y el "antikirchnerismo puro" de los que tienen como meta desalojarlo del poder en 2011, media una serie de posiciones intermedias que, oscilando entre aquellos dos extremos, también han de tenerse en cuenta.
Estas "posiciones intermedias", no son estáticas. Se están "moviendo". Después del choque frontal con los Kirchner que le valió la fulminante expulsión del Gobierno como consecuencia de su firme actitud ante el "caso Sadous" y de la buena relación que había desarrollado con algunos periodistas independientes, ¿cómo ubicaríamos a Taiana en este cuadro? ¿Llamaríamos al suyo un "kirchnerismo blando" al que habría que sumar otros ex funcionarios como Rafael Bielsa, Alberto Fernández y Graciela Ocaña que, sin romper del todo con el Gobierno, han pretendido ubicarse a cierta distancia de él? Lo que mostró el maltrato de Taiana de parte de sus superiores, que incluso lo hizo merecedor de póstumos elogios de parte de notorios referentes de la oposición, es que el matrimonio del poder ya no admitirá a su lado sino a subordinados que le sean absolutamente sumisos. Timerman entra en el gabinete, en este sentido, como expresión de un deliberado mensaje de Néstor y Cristina: que, de ahora en adelante, sólo los "ultrakirchneristas" les serán aceptables.
Del lado opuesto, ¿habría que incluir también a la centroizquierda que representa Pino Solanas por su enérgico rechazo tanto del radicalismo como del peronismo, sea éste kirchnerista o "federal"? Los contrafuegos mediante los cuales se procura neutralizar un incendio en el campo, cesan de funcionar cuando alguna liebre se desplaza, espantada, de un sector al otro. ¿Cuántos ex kirchneristas y cuántos ex antikirchneristas vendrán a complicar entonces, con sus sorpresivos movimientos, la visión dualista que hasta ahora se tenía de la lucha por el poder? ¿Cuántas negociaciones febriles están transcurriendo, ahora mismo, entre bastidores?
Este alucinante panorama de las "liebres", conocidas o no, que oscilan al compás de la lucha por el poder, ¿no tenderá a simplificarse a medida que se acerque la confrontación final que nos espera? Esta pregunta es pertinente porque, cuando el kirchnerismo y el antikirchnerismo libren su batalla final, el "reduccionismo" que ahora se complica volverá a brillar como la última opción, como el verdadero "plebiscito" por o contra Kirchner, que los argentinos tendrán que resolver según pasen los meses
 
 
Ya se largó la pelea por los intendentes del Conurbano
22-06-10 Un aeropuerto, dos cataratas, pasajeros en tránsito y una jungla en la que acecha el líder de una secta suicida. Alegorías de un viaje fantástico y riesgoso que se oyen por estas horas en el PJ bonaerense ante el escenario electoral 2011.
Felipe Solá comparó a la foto de unidad del Peronismo Federal con la inauguración de un “aeropuerto” donde podrán aterrizar los que abandonen el planeta K. Enseguida, figuras de la disidencia anunciaron que “una catarata” de dirigentes estaba pidiendo pista. Se trata de peronistas marginados por el kirchnerismo y enfrentados a los gobernadores provinciales. “Pasajeros en tránsito que buscaban un destino y que ahora ven un lugar para construir”, como los definió un conspicuo duhaldista.
Pero una tarea mucho más compleja, según reconocen los propios anti K, es la seducción de los caciques provinciales vigentes. “Los intendentes están tironeados entre el PJ de la caja y el del diálogo”, resumió ante Clarín José Scioli, el hermano del gobernador que ahora recorre el territorio con Francisco de Narváez. “Hablamos con todos, pero nos ruegan que ni los nombremos porque necesitan la ayuda oficial para pagar sueldos”.
La dependencia económica de muchos distritos sigue siendo una garantía de lealtad. Pero aún sin abandonar el oficialismo, algunos ya no tienen miedo a la foto con peronistas disidentes. Gustavo Pulti (Mar del Plata) y Jesús Cariglino (Malvinas Argentinas) se retrataron con De Narváez en las últimas semanas. Joaquín de la Torre (San Miguel) recibió a Solá en su despacho. Mario Das Neves estrechó la mano de algunos intendentes por donde pasó su campaña. Eduardo Duhalde prefiere descansar su armado en Gerónimo Venegas, la CGT Azul y Blanca de Luis Barrionuevo y el remanente de su antigua estructura política, y así salvar a sus interlocutores telefónicos de una instantánea que enfurecería a Olivos.
En cambio, la postal salteña del “sub 45” de Sergio Massa (Tigre), Pablo Bruera (La Plata), Cristian Breitenstein (Bahía Blanca) y José Eseverri (Olavarría) no despertó mayor entusiasmo entre los disidentes. “Quieren mostrarse como algo diferente pero siguen funcionales a Kirchner. Terminarán jugando para él”, expresaron su desconfianza dos referentes anti K.
Cerca de Daniel Scioli replican que “una catarata de intendentes quiere salir a pedir por “Scioli 2011”. Hicieron punta Osvaldo Amieiro (San Fernando), Julio Pereyra (Florencio Varela) y Jorge Paredi (Mar Chiquita). En La Plata piden prudencia. “La oposición se quiere apurar para meternos en la disputa electoral, pero nosotros estamos ocupados en la gestión”, argumenta el jefe de Gabinete, Alberto Pérez, que igual se muestra confiado: “Ningún intendente nos abandonó el año pasado, en el momento más difícil, así que mucho menos se irán ahora”.
Un jefe comunal del sur del conurbano describió el siguiente escenario: “Massa y pocos más tienen autonomía económica para tomar distancia de Kirchner. El resto no tiene otra que seguir en el barco para garantizarse el dinero. Para muchos no es tan terrible porque tienen 60 o 70% de imagen positiva en sus distritos. Pueden arriesgarse a perder algunos puntos e igualmente serán reelectos”, explica, al tiempo que vaticina que el corte de boleta será aún mayor que en 2009.
Con el recuerdo de esa elección, donde la marea anti K pasó por encima de las candidaturas estelares y testimoniales, los disidentes no desesperan. Cerca de De Narváez aseguran que los intendentes deberán elegir: “O se suben a los nuevos tiempos o siguen a Jim Jones a Guyana”. Compara a Kirchner con el reverendo que llevó al suicidio a 900 de sus fieles. Aunque los intendentes del GBA sean 134.

Sin cooperación y control mutuo no es posible gobernar
La decadencia de la ley
Santiago Kovadloff
Para LA NACION Viernes 18 de junio de 2010
Hay una finalidad eminente de la política: atenuar la brecha entre las imperfecciones y distorsiones en las que suele incurrir toda gestión pública y lo que la Constitución establece como deberes ineludibles de quienes llevan a cabo esa gestión. Cuando tal cosa no sucede, la política se convierte en síntoma de los mismos males que tendría que combatir. Es lo que, desde hace tiempo, viene ocurriendo entre nosotros.
Dada la gravedad de la situación en que nos encontramos, la disyuntiva es tan clara como drástica: o recuperamos cuanto antes la política para la causa constitucional o el efecto disolvente generado por esa deformación resultará largamente irremontable.
La ley, en la Argentina, se ha convertido en un mandamiento desoído. A fuerza de verse vulnerada, su palabra ha perdido función rectora. En ello, qué duda cabe, radica una de las causas -acaso la esencial- de que los argentinos tengamos tan mal desempeño comunitario.
Repasemos: al cabo de siete largos años, el matrimonio que nos preside ha logrado profundizar el proceso de decadencia constitucional. Absorbió las facultades del Congreso y subordinó, en altísima medida, la independencia de la Justicia a sus necesidades operativas. Colmó de ese modo las arcas de sus propios intereses y redujo el alcance de las normas de la República al conjunto de sus demandas hegemónicas. Pero ello no sólo ha sido posible gracias al olfato transgresor que, para proceder como lo hacen siempre, han tenido los Kirchner. También ha propiciado semejante deterioro la fragilidad impuesta al sistema político por el ancho caudal de abusos y malversaciones cometidos por casi todos los gobiernos que precedieron a los dos últimos, desde que se recuperó a tientas la democracia. Con generosos aportes propios, ellos allanaron el terreno para que resultase exitosa esta última embestida, en dos capítulos, de la corrupción. Nadie es hijo del aire ni ha sido dado a luz en una calabaza.
Daniel Sabsay, constitucionalista admirable, supo diagnosticar lo que nos pasa: "Llevamos en la Argentina una vida paraconstitucional". Ello implica que, en el país, se han extinguido los controles capaces de impedir y castigar los abusos del poder. La impunidad con que opera el desenfreno nos advierte sobre la empresa restauradora, por no decir ciclópea, que aguarda a la próxima administración, si se atreve a emprender lo que resulta constitucionalmente indispensable. E indispensable es el restablecimiento cabal de la ley donde prospera el simulacro democrático.
Desbaratar de raíz semejante monto de transgresiones será, pues, la tarea básica de la oposición, si triunfara en las próximas elecciones presidenciales. Pero esa tarea no será corta, y difícilmente la finalizarán quienes la inicien. No hay que subestimar la magnitud del desastre. Luis Gregorich, gran ensayista, nos habló hace mucho de la república perdida. Si esa pérdida no se ha consumado, muy cerca se está de que ello ocurra.
Hay en la Argentina dos millones de seres a los que el poder desconoce como personas. Desempleados, subempleados, indigentes de toda índole, excluidos en conjunto. Esa hipoteca humillante contraída con la dignidad y el derecho constituye el descrédito medular de la política.
No es, sin embargo, la única de las formas que tomó, entre nosotros y en tiempos recientes, la brutal subestimación del prójimo. La primera de esas formas fue la configurada por el terrorismo de Estado, entre 1976 y 1983. De la segunda fueron responsables los promotores de la marginación social impuesta a incontables argentinos mediante la crisis desatada en 2001 y cuyas consecuencias son palpables todavía. La tercera, a cargo de los dos últimos gobiernos constitucionales, consistió en la práctica sistemática de la exclusión del adversario y el aliento ideológicamente infundido a su feroz desprecio del pluralismo.
Ya es hora de advertir que la promoción certera de la igualdad y el crecimiento sostenido no requieren políticas excluyentes de izquierda o derecha. Contrapuestas unas a otras, confrontadas en el desdén recíproco, siempre se muestran insuficientes.
Las políticas necesarias para el logro de una sociedad superadora de nuestros males básicos deben ser, complementariamente, de centroizquierda y de centroderecha, en un marco constitucional diáfano y firme. Ese marco compartido no es sino el que señala la palabra centro, punto axial de las mejores convergencias, condensación de esos valores consensuados que reciben el nombre de bien común y encuentran su precisa enunciación en el texto de la ley.
Cuando la izquierda y la derecha se declaran excluyentes e irreconciliables, lo que fracasa es la ley que las acota y busca promover su interdependencia. Muy lejos parece estar de las dirigencias actuales el haberlo entendido así, atascadas como viven en la hostilidad y en la desconfianza que impiden todo acercamiento. Como si gobernar fuera posible sin cooperación y control mutuo entre sus fuerzas representativas. Y más lejos que nadie de entenderlo así está el Gobierno, reacio a infundir al Estado su función equilibradora.
Generar confianza en la palabra propia es un desvelo compartido por el oficialismo y la oposición, en especial cuando se dirigen al electorado independiente. Es previsible que Néstor Kirchner, en un eventual segundo mandato, reforzará la aplicación de las políticas autoritarias que desplegó en su primera gestión y en el transcurso de la de su esposa. No lo es, en cambio, al menos hasta el momento, que la oposición sepa cómo hacer para desarraigar de nuestra sociedad la simiente de ese autoritarismo.
Hoy es tan incierto concebir un radicalismo victorioso, apto para desembarazarse de los fantasmas de la ingobernabilidad con que el pasado lo acosa, como lo es concebir un peronismo Federal que, por más federal que se autodesigne, induce a preguntarse si sabrá superar su tradicional desapego a las imposiciones republicanas.
Aquí también la experiencia sugiere ser cautos en las expectativas. En suma: ¿cómo infundir mayor credibilidad a ese esfuerzo de trascendencia cada vez más necesario? ¿Sabrán reconciliarse el poder y la ley? ¿Sabrán hacerlo la ética y la eficacia?
La disyuntiva argentina es clara: o ahonda el programa populista o promueve un modelo participativo resuelto a dejar atrás la fragmentación y el encono sistemático que alienta el oficialismo. Sin transformación política, de nada valdrá seguir hablando de economía.
Se diría que la sociedad, sobre todo a partir de 2008, ha empezado a redescubrir el papel fundamental de las instituciones, la fecundidad de la ley y la necesidad de que el debate nacional cuente con una creciente participación cívica.
Buena parte de la faena del Gobierno consiste en descartar cualquier logro del pasado. Su propósito es apocalíptico. Pretende fundar, sobre las ruinas sembradas por ese descrédito de todo lo previo, la apología incesante de su propio presente. El emprendimiento opositor, en cambio, deberá depurar el presente de ese fervor maniqueo. Tendrá que reinscribirlo en la secuencia temporal y conformarlo, a la vez, como depositario de un legado y como constructor de alternativas inéditas.
No deja de ser un indicio auspicioso el hecho de que la oposición esté realizando en el Congreso un esfuerzo considerable para llevar a cabo un proyecto consensuado de reforma del Consejo de la Magistratura, a fin de independizarlo del poder político. Lo mismo cabe decir del empeño puesto en restringir los superpoderes de los que hoy abusa el Ejecutivo.
El Gobierno, claro está, detesta estas iniciativas. Tiene, si vamos al fondo de la cuestión, una visión despectiva de la democracia y el sistema republicano. Y considera que el proceso "transformador" que impulsa debe ahondar la irrelevancia de ambos.
De esa democracia y de ese republicanismo que, aun maltrechos como están por tanta desmesura, muestran todavía algunos signos de vitalidad. © LA NACION

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